El objetivo de Morena es Romero

En tiempos de una sociedad profundamente dividida y también atrapada en sus creencias ancestrales entre adoración/miedo a la autoridad, las encuestas y su utilidad son un fenómeno difícil de discernir. Pueden sugerir ciertas opiniones y conductas consistentes y después ...

En tiempos de una sociedad profundamente dividida y también atrapada en sus creencias ancestrales entre adoración/miedo a la autoridad, las encuestas y su utilidad son un fenómeno difícil de discernir. Pueden sugerir ciertas opiniones y conductas consistentes y después reportan disparates que no tienen relación con lo que ocurre en la “normalidad”. ¿Cómo explicar esto para entender la utilidad de las revisiones de opinión pública? 

 El ejemplo más claro de esto son las encuestas sobre la evaluación de la popularidad presidencial y de su gestión como gobierno. En términos generales, las encuestas señalan una evaluación favorable de la opinión pública hacia el Presidente, entre un 50%-60%, dependiendo de la casa encuestadora. Si bien es cierto que gozaba de una popularidad de casi el 80% al inicio de su gestión, y ésta ha descendido a los 50, sigue gozando de la aprobación de la mayoría de los ciudadanos del país.  

No sucede así, sin embargo, con sus políticas públicas. Los tres problemas considerados los más importantes por la ciudadanía (economía, salud y seguridad) reciben la reprobación mayoritaria de la población. Las mismas encuestas donde el Presidente recibe una aprobación arriba del 50% por su gestión, en los tres temas de economía, salud y seguridad es reprobado. 

Hay aprobación de la persona, pero rechazo a sus políticas. 

En una sociedad de tradición cultural autoritaria, el respeto a la autoridad es sólo superado por el miedo que evoca. 

 Este hecho no desestabiliza al país, pero sí genera una ambigüedad notable ante los resultados que arrojan las encuestas de opinión sobre temas particulares. Un ejemplo interesante es la encuesta reciente de El Financiero sobre la opinión pública ante el conflicto que sostiene México con Estados Unidos y Canadá sobre el sector energético y el T-MEC. El Presidente celebró el resultado de la encuesta que arrojaba que un 49% de ciudadanos estaban a favor de “defender la soberanía, incluso con aranceles”, mientras un 39% estaba por sostener el T-MEC y su marco regulatorio. Lo tomó como una confirmación de que su campaña nacionalista estaba dando un resultado favorable a su posición “soberanista” en la negociación. 

 Sin embargo, desglosando la encuesta con mayor cuidado, resulta que los ciudadanos que no se consideran parte de ninguno de los dos bandos enfrentados en el país (4T vs. oposición), es decir, ciudadanos neutrales e independientes, se inclinan más por evitar el enfrentamiento con los dos socios del T-MEC en vez de ir al enfrentamiento con ellos y ser objeto de posibles aranceles. 

El resultado real de la encuesta es reflejado en el 49% que apoyó al Presidente en este caso. Es decir, menos de la mitad del país, y nada que ver con sus niveles de aprobación como persona y mandatario. Una vez más se refrenda la ambigüedad inherente a las encuestas en un país polarizado, como lo es México, a partir de la gestión de López Obrador. El Presidente puede tener, incluso, el 60% de aprobación, pero sólo el 49% apoya su decisión de enfrentar a los socios del T-MEC. México entra a la negociación completamente dividido, a diferencia de Estados Unidos y Canadá, que convocan a las negociaciones unidos y desafiantes. 

 En realidad, nada que celebrar. 

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