El niño necio del barrio
La economía mexicana está estructuralmente integrada a la economía doméstica de Estados Unidos.
La presidencia de López Obrador intenta regresar a México a la era de una economía controlada por directrices emanadas del Estado y no tanto del mercado. Propone una economía donde el Estado es el agente monopólico que determina quién invierte en el país y en dónde, en qué sectores productivos y en qué volumen puede invertir. Visualiza un capitalismo monopólico de Estado, con el mercado como su súbdito. En cierta medida así funcionaba la economía nacional con López Mateos, Díaz Ordaz, Echeverría y López Portillo. El Estado incluso terminó siendo dueño de grandes, medianas y pequeñas empresas. Aerolíneas, bancos, aseguradoras, ferrocarriles, carreteras, navieras, hoteles, energía eléctrica, la industria de la siderurgia, puertos, telefonía y comunicaciones, bicicletas, loza, papel de baño, vidrio y transportes terrestres pertenecían, en diversos niveles y grados, al Estado mexicano.
El obstáculo principal que enfrenta el gobierno de López Obrador para lograr su sueño a plenitud es el T-MEC. Ese acuerdo, originalmente denominado TLC, desmontó constitucionalmente al modelo del Estado-propietario que regía en México, devolviéndole al mercado un lugar principal en la gestión económica. El tratado impone a México responsabilidades legales para cumplir con condiciones internas que chocan directamente con la pretensión de excluir inversiones estadunidenses y canadienses de sectores claves de la economía donde inversionistas de esos países debieran tener acceso libre a participar.
Nuestros socios objetan las reformas en materia energética, tanto en la generación de energía como la participación en el sector petrolero, en materia de importación de maíz, en la minería, en el sector farmacéutico, automotriz y algunos rubros agropecuarios al detectar violaciones al espíritu y letra del T-MEC.
Para violar esos preceptos del tratado firmado por él mismo, López Obrador ha recurrido a instrumentos de presión política a inversores, chantajes, amenazas y el involucramiento del Ejército mexicano en actividades que suponen violaciones al T-MEC.
Pero, al mismo tiempo, México vive una realidad económica que ni siquiera un presidente puede evadir. La economía mexicana está estructuralmente integrada a la economía doméstica de EU. Los valores macroeconómicos que Hacienda y Baxico defienden están en referencia a la economía de EU. Simplemente consideren lo que representa para la economía y los empleos en México el bloqueo fronterizo de los ferrocarriles llenos de productos y piezas para la integración productiva de ambos países. Ningún país en América Latina tiene la condición sui géneris de México para con Estados Unidos.
La estabilidad social, política y económica de México depende del equilibrio y buen desempeño en la relación con EU. Ningún otro país de América Latina tiene el grado de relación-integración con Estados Unidos como México. Empezando por los 20 millones de mexicoamericanos que habitan ese país.
Sin embargo, el Presidente patea cada vez que puede a la relación con EU, aliándose con Cuba, Nicaragua, Venezuela, con el peronismo argentino y el expresidente Castillo del Perú, dando cobijo a criminales ecuatorianos en nuestra embajada y apoyando a Rusia y China en sus aspiraciones antiestadunidenses. Y utiliza ese infantilismo para desafiar a los preceptos del T-MEC, estatizando empresas, rompiendo con el principio de igualdad de trato y campo parejo para las empresas de los tres países signatarios del tratado.
Lo absurdo de lo que hace López Obrador es que no tiene una alternativa económica al T-MEC. De ahí que su conducta coloca a México en una posición defensiva. En vez de avanzar los intereses de México con nuestros socios comerciales, nos debilita, jugando al radicalismo y perdiendo la jugada del interés nacional en el largo plazo.
Porque, quiérase o no, el futuro de México está determinado por su ubicación geográfica en el globo terráqueo. No estamos junto a Rusia o China. Nuestro vecindario es, implacablemente, nuestro destino. Lo inteligente es construir una relación efectiva y funcional a nuestro interés nacional con ese vecino, en vez de ser el niño necio del barrio que terminará doblegado, posiblemente de la peor forma.
