Educación como objeto de odio
El asalto del gobierno de Donald Trump a la educación superior en Estados Unidos es alarmante. Acusa a las universidades que particularmente odia de ser antisemitas, de promover la discriminación racial, de fomentar políticas de diversidad, equidad e inclusión y, como ...
El asalto del gobierno de Donald Trump a la educación superior en Estados Unidos es alarmante. Acusa a las universidades que particularmente odia de ser antisemitas, de promover la discriminación racial, de fomentar políticas de diversidad, equidad e inclusión y, como agravante final, de promover políticas propalestinas. A partir de esas críticas, el gobierno de Estados Unidos retiró apoyos de 2 mil 650 millones de dólares a Harvard, 400 millones de dólares a Columbia, mil millones a Cornell, 210 millones a Princeton, entre muchas otras instituciones de educación superior.
La secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, acusó a Harvard de estar “al servicio del Partido Comunista de China”. Esto, debido a la presencia de estudiantes chinos inscritos en diversas carreras que ofrece esa universidad. Acto seguido, el gobierno de Trump instruyó a Harvard cancelar inmediatamente la inscripción de todos sus estudiantes extranjeros. La universidad apeló la decisión gubernamental ante los órganos jurisdiccionales correspondientes y ha sido otorgada una suspensión temporal a la decisión gubernamental hasta en tanto se conozca el fondo del caso. La autoridad educativa de la Casa Blanca explicó que era necesaria una sacudida en la educación superior de Estados Unidos porque las instituciones dedicaban demasiado esfuerzo y recursos financieros a la implementación de “políticas de diversidad, equidad e igualdad”. Definió su objeto de odio. Pero en vez de atender únicamente su obsesión ideológica, pasaron a la destrucción de las instituciones educativas en su conjunto.
El presidente de la Universidad de Princeton, Christopher L. Eisgruber, dijo que “cumpliremos con la ley, pero no sacrificaremos los valores de la libertad académica por la conveniencia presupuestal”. El abogado constitucionalista Stephen Vladeck opinó que “cuando el gobierno castiga financieramente a una institución por no pensar como él, estamos ante un acto de censura estructural”. El daño será de amplio espectro de proseguir con la reducción al financiamiento a la investigación en ciencia, medicina e ingeniería, junto con las investigaciones de larga duración. No se explica la lógica de Trump, excepto por su desprecio por la libertad de pensamiento. Con estas políticas de “austeridad”, EU corre el riesgo de perder su lugar como principal generador de ciencia y tecnología en el mundo, aún delante de China en muchas áreas de conocimiento.
Lo aberrante es que, por las obsesiones ideológicas que mueven a Trump y sus funcionarios, sobre todo su rechazo a prácticas de diversidad, equidad e igualdad en instituciones de educación superior, pasan a destruir la generación de ciencia, tecnología y conocimiento. Amenazan con destruir lo que hace que EU sea la primera potencia del mundo: su primacía en la generación de conocimientos. Las universidades ya están preparando sus planes de resistencia a este inesperado asalto gubernamental contra la libertad, la inteligencia y el conocimiento. La conclusión obligada es que los regímenes políticos que aspiran a alguna forma de totalitarismo se empeñan en controlar, dirigir y subordinar el conocimiento a sus imperativos de poder.
Hitler tuvo como eje de su dominio sobre la población alemana la cancelación de todos los programas educativos que incluyeran a “las razas inferiores”, específicamente a los judíos. Su campaña antisemita empezó en el salón de clases. Y tuvo el desenlace que todos conocemos. Siempre existe un objeto de odio.
Durante su sexenio, López Obrador se empeñó en domar el conocimiento en México. Persiguió a todos los académicos, profesores e investigadores que no opinaban igual que él, acusándolos de ser “neoliberales”, el equivalente a ser judío en la Alemania hitleriana. Destruyó a instituciones de renombre mundial como el CIDE, subordinando su plan de estudios a un mandato “antineoliberal” corto y chato. Utilizó al Conahcyt como instrumento de represión y dirigismo presupuestal para favorecer a los favoritos del régimen. Inventó la “nueva escuela mexicana” para exaltar los programas y personajes de su gobierno y, muy especialmente, de sí mismo, a través de nuevos y mediocres libros de texto gratuitos y obligatorios. Su objeto de odio es el “neoliberalismo”.
El asalto de Trump, ahora descubrimos, no es nada nuevo. Sigue el guion de todo postulante a dictador. Lo que les corresponde a quienes habitan los salones de clases y los laboratorios de investigación, a los lectores y pensadores es detectar cuál es el objeto de odio del gobernante en turno y resistir el ataque a su libertad de pensamiento.
