Días de polarización y odio

En Venezuela, el Estado se afianza en el poder estableciendo alianzas entre fuerzas irregulares y fácticas, como el narcotráfico y las guerrillas, para impedir su pérdida del poder.

Rusia, Ucrania, Israel, Palestina, Siria, Irán, Afganistán, Sudán, Níger, Chad, Congo, Ecuador, Venezuela, Colombia, Nicaragua, El Salvador y…México. Estos países tienen dos fenómenos en común.

Primero, son naciones (si así se les puede denominar) que padecen de procesos de descomposición interna y polarización extrema entre sus actores políticos, económicos y sociales. Algunos de ellos son clasificados como populistas, cuando existe cierta institucionalidad estatal, y ejercen el poder fuerzas deliberadamente buscando inflamar los odios internos para controlar el país.

Otros son productos de las excolonias de potencias europeas que nunca tuvieron un desarrollo institucional y cuyo ejercicio del poder es un acto de franco despotismo. Por razones tribales, lingüísticas o religiosas, emprenden guerras santas contra sus contrarios dentro de sus límites nacionales, incluso buscando erradicarlos físicamente.

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La otra característica en común es que tienen gobernantes aferrados al poder. Ya sea vía elecciones, o por las armas, sus gobernantes simplemente no entienden el ejercicio del poder sin la pretensión de cierta permanencia en él, ya sea por la fuerza o torciendo resultados electorales para asegurarse su lugar en la silla presidencial.

En todos estos casos el sello característico común de la casa es el uso de la polarización social, política, religiosa, económica o, incluso, lingüística para enfrentar grupos internos en una nación, con el único propósito de mantener el poder en las manos de un personaje perfectamente identificado.

La polarización es la inflamación de los sentimientos de rechazo, odio o miedo a un sector de la población. Justamente en estos días somos testigos de los sentimientos de odio hacia los judíos contra la comunidad musulmana en Gaza, y, recíprocamente, los musulmanes difícilmente podrían odiar más a los judíos y la existencia del Estado de Israel.

El gobierno ruso ha creado una narrativa contraria a los ucranianos, tildándolos de nazis y pro occidentales para justificar su guerra de conquista contra ese país. En el centro del debate están los jerarcas de la Iglesia Ortodoxa rusa y los de la Iglesia Ortodoxa ucraniana. Iglesia contra Iglesia.

En Venezuela, el Estado se afianza en el poder estableciendo alianzas entre fuerzas irregulares y fácticas, como el narcotráfico y las guerrillas, para impedir su pérdida del poder. Emplea el recurso tradicional en las prácticas latinoamericanas: la acusación de la existencia de una conspiración del exterior, principalmente el imperialismo norteamericano, para derrocar al gobierno. Durante mucho tiempo ese argumento tenía la tracción suficiente como para movilizar amplias capas sociales. Funcionó durante mucho tiempo en países como Cuba, Nicaragua y Venezuela, hasta que sus poblaciones optaron por huir de la represión interna y el hambre generalizada… justamente hacia Estados Unidos. Hambre mata ideología.

En México, López Obrador ensaya con el odio. La confrontación entre unos y otros es su terreno de mayor felicidad. La polarización le ha rendido buenos frutos políticos. Ha gozado de un sexenio con amplísimo poder para hacer y deshacer. Bueno, principalmente deshacer, porque no es constructor de instituciones; más bien, es destructor de instituciones. Construir un aeropuerto, trenes o una refinería no es crear instituciones. Es crear una situación de sobrecarga al erario que pagaremos los mexicanos con más y más impuestos. Pero lo que más daño le hará a México será la destrucción de las instituciones de salud, educación, el desmantelamiento de los órganos de seguridad pública, la erosión de los órganos autónomos y los fideicomisos, y el ataque brutal al Poder Judicial. Y el ataque al principio constitucional de la separación de los Poderes del Estado. Y todo ello para ver si, como resultado, pudiera prolongar su estancia en el poder.

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