Deseando el poder eterno
La búsqueda de “eternidad” ha sido una aspiración humana desde que existimos como especie. Contra sensu, Jorge Luis Borges dijo: “La eternidad me espanta”. En cambio, todas las culturas humanas han añorado algún tipo de eternidad, ya sea en sus construcciones, ...
La búsqueda de “eternidad” ha sido una aspiración humana desde que existimos como especie. Contra sensu, Jorge Luis Borges dijo: “La eternidad me espanta”. En cambio, todas las culturas humanas han añorado algún tipo de eternidad, ya sea en sus construcciones, en el arte o en sus creencias. Las tres religiones abrahámicas (cristianismo, judaísmo y el islam) adoctrinan su convicción del “after-life” o la vida eterna después de la muerte física. La reencarnación ha estado presente en el hinduismo, el budismo, el jainismo, el taoísmo y algunas religiones africanas y tribales de América.
Esa misma aspiración se ha expresado en la literatura universal. Relatos como Fausto, de Johann Wolfgang von Goethe o Drácula de Bram Stoker o Frankenstein de Mary Shelley son todos libros que hablan de esa aspiración humana de encontrar una forma de “vida sin fin” que permite superar el espanto que la eternidad le causa a Borges.
Lo que no se ha explorado con acuciosidad ni sistemáticamente es el deseo de los líderes políticos de aferrarse al poder eternamente. El ejemplo inmediato y a la mano es el deseo del presidente Maduro de mantenerse en el poder en Venezuela, como si fuera un mandato divino. Pero son tantos los ejemplos, que estamos frente a un síndrome del líder iluminado. Stalin, Hitler, Perón, Putin, Fidel Castro, Stroessner, Evo Morales, entre tantos líderes, vivos y muertos, que no quisieron o no quieren ceder el poder. Incluso, Trump, adelantándose como el bufón peligroso que es, instó a un grupo cristiano a que votaran por él para que “en cuatro años ya no habrá necesidad de votar nunca más”. La insinuación es obvia: Trump piensa eternizarse en el poder.
En Venezuela, el dictador Maduro, después de estar en el poder 25 años, ha amenazado con una guerra civil si pierde las elecciones. Ha prohibido la presencia de observadores internacionales. Las encuestas dan una holgada ventaja a la oposición, pero muchos piensan que el bolivarianismo venezolano se va a declarar ganador, y que el órgano electoral, controlado por el gobierno, hará lo mismo. A la hora de escribir esta columna aún no se tienen datos sobre los resultados. Simplemente se sabe que las filas para votar son largas de venezolanos deseosos de cambiar la ruta de su país.
Es el ejemplo más cercano que tenemos de un gobernante aferrado al poder. Obviamente, piensa que es poseedor de algún tipo de mandato “divino” que le permite suponer que él, y sólo él, es capaz de dirigir ese país. Es común en los líderes adictos al poder que piensan que sólo “su” programa es bueno para el país.
Ese aferramiento al poder es producto, también, de la contradicción humana profunda que expresó Borges. La eternidad espanta porque hay la fundada duda de que no existe y que, por lo tanto, es inalcanzable. Pero los políticos se encuentran entre los seres más cegados por el narcisismo. No son filósofos ni pensadores profundos ni escriben sus ideas, sino que las toman de otros. Por tanto, creen que pueden alcanzar la eternidad en vida. Viven en la seducción de la inmediatez y de todo lo que toca la piel y la superficie. La gestión del poder exige esa inmediatez. Se pierde, sin embargo, la capacidad de visualizar los amplios conjuntos para entender el bien común y el interés general. Todo lo reducen al interés político del dirigente en lo inmediato, lo cual es una aberración.
Este fenómeno de la ceguera en la política es generalizado. Sólo así se puede entender que un líder político quiera distorsionar el ejercicio de poder para concentrar todo en sus manos, eliminando los procesos de construcción de consensos entre puntos de vista divergentes. La idea de que es preferible una sociedad de una sola idea es una forma de imponer la hegemonía absoluta del poder. Es la antesala del autoritarismo y, en algunos casos, del fascismo.
El plan C, propuesto por López Obrador y adoptado por Sheinbaum, es un profundo error conceptual porque busca erradicar, a través de un acto legislativo, el análisis, la discusión y el debate en la sociedad. Supone que es posible construir en México una sociedad sumisa a su idea. La ceguera no les permite ver que México está inserto en otra ruta, de la diversidad, la inclusión y el debate democrático. Su propuesta es producto de líderes cegados por el temor a la temporalidad del ejercicio del poder que, sospechan, les obligará a la temprana rendición de cuentas. De ahí la carrera frenética por eternizarse en el poder, al costo que sea.
