Cumbre de Palenque: despedida a los amigos
Acapulco tardará aproximadamente 10 años en recuperarse.
Acapulco: síntoma del fracaso
El gobierno federal, y especialmente el Presidente, quieren patear los complejos y difíciles problemas nacionales al gobierno que tomará posesión en once meses. Es una expresión de su frustración y rendición ante la insuperable complejidad del momento nacional. De esa actitud se desprende la respuesta enajenada del Presidente ante la crisis creada en Guerrero por el huracán Otis. Al querer evadir toda responsabilidad por el desenlace de la tragedia y, después, escuchando la furiosa respuesta ante las críticas que su propia conducta ha generado, se evidencia que es un Presidente que no sabe qué hacer con el encargo y quiere evadir sus responsabilidades constitucionales y políticas.
La insistencia en evadir las responsabilidades actuales del gobierno federal y pasarlas al próximo sexenio retrata de cuerpo entero a un mandatario derrotado. No es casualidad, entonces, que a lo único que aspira este Presidente para abandonar el poder es que su candidata gane la elección, por las buenas o por las malas, y así asegurar protección legal tanto para él como para su familia durante los próximos años.
La misma displicencia que proyecta el Presidente ante el caso de la tragedia de Acapulco la emplea en casi todas sus otras actividades. El hecho de encargarle al Ejército nacional y a la Marina el rescate de Acapulco es la total y absoluta abdicación de su tarea como gobernante. Esas instituciones pueden poner orden y seguridad en el puerto, pero de ninguna manera tienen la capacidad ni conceptual ni intelectual o de formación profesional para la reconstrucción de una zona turística como lo es Acapulco. Además de la reconstrucción física, está el reto de proteger a los habitantes de enfermedades y el abasto de agua, víveres, transporte, educación, salud y vivienda para una población empobrecida y desesperada. Se requiere de mucho manejo político y de comunicación social adaptada a una situación de crisis.
Esto no es tarea del Ejército y la Marina, dos instituciones que deben ser acompañantes, pero no como directivos, en lo que se refiere al rescate de la costa guerrerense. Es tarea para autoridades civiles. Sin embargo, en su desesperación personal y por su claudicación profesional, el Presidente ha optado por entregar toda la tarea y el presupuesto público del rescate de la costa guerrerense a los militares. Es un craso error de un gobernante que ya ha abandonado su responsabilidad sexenal.
La razón por la que AMLO eliminó el Fonden fue para destinar todos esos fondos a la construcción del Tren Maya. Hizo lo mismo con el Fondo de Capitalidad que le quitó a la Ciudad de México, contando con la pasividad y subordinación de la entonces jefa de Gobierno Claudia Sheinbaum. Jamás esperó que su sexenio terminara entregando la ciudad de Acapulco, símbolo de la industria del turismo internacional en playas mexicanas, en ruinas. Siendo un Presidente poco previsor, obviamente el huracán lo tomó por sorpresa, como a todo su gobierno, porque había eliminado los fondos para los sistemas de prealerta de situaciones meteorológicas de este orden. Estados Unidos sí avisó, pero México no escuchó. Al eliminar todo lo relacionado con emergencias, necesidades infraestructurales básicas y fondos para cuidar a las zonas urbanas, el Presidente cavó su propia tumba. Como lo hizo también Sheinbaum al eliminar fondos de mantenimiento para el Metro, y sucedió la tragedia que era casi de libro de texto: 26 muertos. Y ese dinero fue empleado en las principales fantasías presidenciales: Dos Bocas y Tren Maya.
Acapulco tardará aproximadamente 10 años en recuperarse, seguramente obstaculizado por gobiernos federal y estatal incompetentes, corruptos y con otras prioridades que no son compatibles con las tareas de reconstrucción nacional. A menos de que el electorado tenga la inteligencia para corregir el rumbo del país. Quien encabece el próximo gobierno federal va a enfrentar las consecuencias de las prioridades equivocadas de este gobierno y su despilfarro en obras que serán cargas presupuestales sin fin, pues carecen de rentabilidad. Además, enfrentará a un cuerpo militar alebrestado con dinero libre de impuestos en sus cofres y desacostumbrado a rendir cuentas, como debería suceder en cualquier sociedad democrática.
Acapulco es, dicho fríamente, el síntoma más reciente de un gobierno fracasado.
