La crisis por un sencillo indictment de una oficina en Nueva York

Morena ha logrado lo inesperado: ha convertido su gestión de gobierno en una grotesca película de horror. El horror empezó con su afán de destruir todas las instituciones del país, pero sin capacidad para construir nuevas o mejores. Ahí está la tragedia de la SCJN, convertida en una arena de circo donde las incompetencias compiten entre sí para confirmar su absoluta falta de conocimientos y seriedad. No rigen las leyes en México, y mucho menos la Constitución. Rigen las adivinanzas de nueve sujetos empoderados, pero cuya visión del mundo se reduce a una dudosa inteligencia microscópica. 

La destrucción de las instituciones del país fue acompañada de la imposición de un rosario de “ideales” que resultaron ser una novela negra. Dijeron que no iban a robar ni traicionar ni mentir, sin embargo, practican las tres todos los días. Empezó así López Obrador con sus mañaneras, y ha continuado por el mismo camino Sheinbaum. Su proyecto de gobierno consiste en devaluar la credibilidad de la palabra para que cunda socialmente la desconfianza en la validez de los acuerdos. Una vez que los dichos y acuerdos carezcan de sentido, lo único que funciona y tiene valor probatorio será el uso de la fuerza. Nada contiene los afanes destructivos de los impulsos más básicos y primitivos de los gobernantes morenistas. La impunidad es su reino. Ejercen la mentira, el robo y la traición y no sucede absolutamente nada. De hecho, se les aplaude cuando aprueban violar leyes constitucionales y normas éticas. Lo hacen porque pueden, y no pasa nada.

Los morenistas, empezando por López Obrador y Sheinbaum, han creado un sistema de gobierno donde la regla que funciona es la que dicta la competencia, pero entre ellos mismos. Uno pisa al otro para tomar ventaja en la apropiación de los bienes públicos, donde el único  propósito es convertir esos bienes públicos en privados. Saben que la riqueza estatal es finita, y se puede acabar, como también puede acabar su reinado en esta tierra. Les aterrorizan los límites que les impone la realidad.

Lograron aplastar y apaciguar a la oposición. Atrajeron a algunos opositores a sus filas para compartir el festín del desmontaje progresivo y programado del Estado mexicano. Su sueño es seguir pidiendo prestado, usando en prenda a Pemex, porque su modelo económico es usurpar toda la fuerza económica para comprar voluntades electorales y beneficiarse ellos con la imagen, falsamente proyectada, de una ubre estatal siempre llena y lista para satisfacer las “pequeñas” necesidades de cada quien. Su propuesta económica no es crear prosperidad y fomentar más riqueza para todos, sino utilizar la riqueza existente para controlar a la sociedad y fomentar la dependencia en los programas sociales. Por esa razón, la alianza con el narcotráfico es ideal. El narco inyecta nuevos recursos a la “actividad del Estado” mientras infunde temor y obediencia en la sociedad.

Acallada y desarticulada la oposición, queda la gran tarea de volcar el país hacia adentro, dándole la espalda al resto del mundo. “No se metan con los narcos, son nuestros”, parece rezar la consigna del nuevo poder mexicano. Por esa pretensión de construir una autarquía (ridícula en tiempos del T-MEC, por cierto) es que a la élite gobernante mexicana le molesta tanto las interferencias que vienen del exterior. Lo expresó muy bien un militante morenista de cepa: “¿qué se creen esos hitlerianos…?”.  El mayor temor de nuestra élite gobernante es por la influencia e impacto que podrían ejercer esos hitlerianos sobre el curso de los próximos acontecimientos políticos y jurídicos en México. Recordemos que el origen de la crisis actual del Estado mexicano y que ha provocado una  división en la cúpula gobernante de Morena viene de un sencillo indictment emitido por una oscura oficina en el sur de Nueva York.

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