Concurso mercantil: la ruta para salvar una empresa antes de llegar a la quiebra

Por Alejandro Escamilla*

Cuando una empresa deja de tener liquidez para cumplir con sus obligaciones, la palabra que suele aparecer primero es “quiebra”. Sin embargo, en México existe una figura jurídica que busca precisamente evitar ese desenlace: el concurso mercantil.

A 25 años de la entrada en vigor de la Ley de Concursos Mercantiles, este procedimiento se ha convertido en una herramienta para enfrentar situaciones de insolvencia y, sobre todo, para intentar preservar empresas que todavía pueden ser viables. La diferencia con la antigua Ley de Quiebras y Suspensión de Pagos es fundamental. Aquel modelo podía mantener a empresas durante años en una especie de limbo, con acreedores que no lograban recuperar sus recursos y negocios incapaces de retomar una operación normal. La legislación actual parte de una premisa distinta: primero se intenta salvar a la empresa y, con ella, proteger una cadena económica.

Pero ¿qué ocurre realmente cuando una empresa entra en concurso mercantil? El procedimiento puede comenzar a solicitud de la propia empresa o a través de la demanda de un tercero. Una vez que un juzgado especializado admite la solicitud o demanda, no significa que la empresa esté en quiebra. Comienza una etapa en la que un especialista independiente revisa su contabilidad y sus números para determinar si existen las condiciones de insolvencia o falta de liquidez previstas por la ley.

Con base en ese dictamen y después de escuchar a las partes, el juez determina si procede declarar el concurso mercantil. Si se declara, comienza la etapa de conciliación, cuyo objetivo es que la empresa pueda negociar con sus acreedores y alcanzar un convenio que le permita continuar operando. Aquí aparece una figura clave: el conciliador, un especialista independiente regulado por el IFECOM. Su trabajo no consiste sólo en sentarse a negociar. También vigila la operación de la empresa, supervisa determinados actos y gastos, recibe información de los acreedores y participa en el reconocimiento y graduación de los créditos. 

La conciliación busca que las partes lleguen a un acuerdo. Puede implicar mayores plazos para pagar, quitas, reestructuración de obligaciones e incluso mecanismos de capitalización de deuda. Para la empresa, el objetivo es ganar tiempo y recuperar viabilidad. Para los acreedores, la meta es recuperar lo más posible. Esos intereses no siempre coinciden, y justamente por eso la negociación resulta determinante.

¿Y qué ocurre si no hay acuerdo? Ahí aparece el escenario menos deseable: la quiebra. Si no se logra el convenio dentro de los plazos establecidos, el juez puede declarar a la empresa en esta etapa. La administración pasa entonces al síndico, quien tiene entre sus principales funciones administrar y liquidar los activos buscando maximizar los recursos disponibles para pagar a los acreedores. Pero incluso la quiebra no necesariamente significa que todo desaparezca. En determinadas circunstancias puede buscarse la venta de la unidad económica o de activos que permitan conservar líneas de producción, empleos o incluso reactivar un negocio bajo nuevos propietarios.

El caso de TV Azteca ayuda a dimensionar la relevancia de este mecanismo. De acuerdo con especialistas, se encuentra en una etapa inicial de conciliación. Su importancia radica en que permite mostrar que un concurso mercantil no equivale automáticamente a la desaparición de una empresa. En un escenario de transformación acelerada de los mercados, competencia digital y presión financiera, el concurso mercantil funciona como una herramienta de negociación y reestructura. No garantiza que una compañía sobreviva, pero sí abre una ruta jurídica para intentar hacerlo de manera ordenada y transparente.

El verdadero éxito de un concurso mercantil no se mide únicamente por evitar una quiebra, sino por conseguir que una empresa que llegó a terapia intensiva pueda recuperar la capacidad de operar, cumplir sus compromisos y volver a generar valor.

*Analista

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