El otoño del patriarca

Víctor Beltri

Víctor Beltri

Nadando entre tiburones

Feliz cumpleaños, Annie Mahl

La Presidenta no debería haber tenido los problemas de las últimas semanas. Todo iba relativamente bien: en lo internacional, la relación bilateral con EU se recomponía, los acuerdos comerciales se renegociaban y el gobierno era reconocido por la cooperación en seguridad; en lo nacional, la popularidad de la mandataria había superado incluso la que tenía su predecesor en el mismo momento de su sexenio. 

En lo político, la Presidenta no sólo cuenta con la mayoría en las cámaras, sino que sus opositores no parecen tener estrategia alguna para arrebatársela; en lo institucional, el aparato entero del Estado ha sido configurado, desde hace ocho años, para que nada pueda interferir con las decisiones del titular del Poder Ejecutivo. En teoría pura, la presidenta Sheinbaum tendría todas las condiciones para ejercer un mandato exitoso, mejorar la obra de su antecesor e imprimirle su sello propio; en la práctica, sin embargo, los problemas más graves de su gobierno parece provenir siempre de una misma herencia. Una herencia maldita, que ha terminado por convertirse en un lastre que causa un problema distinto cada semana de manera deliberada. 

“Ya no voy a hablar de eso”, señaló la mandataria, con cansancio, tras defender por enésima vez la indefendible carta en la que el hijo de López Obrador insultaba a Donald Trump y le exigía que despidiera a sus colaboradores. Un problema innecesario, causado por ellos mismos. “Me enteré por su mensaje en redes”, habría de reconocer a la semana siguiente al ser cuestionada sobre el efímero regreso del político de Badiraguato a quien el expresidente consideraba su hermano y mejor amigo, y en cuya defensa había empeñado el rumbo no sólo de su gobierno, sino de la relación bilateral. Problemas innecesarios, por completo, y decisiones tomadas a su espalda. La gota, por lo visto, estaba derramando el vaso. 

“Ningún interés personal puede estar jamás por encima de los intereses del pueblo y de la Nación”, comenzó el manotazo en la mesa publicado el sábado en redes sociales. “Y mucho menos cuando aquello que se pretende colocar por encima de México no es el bienestar de su gente, sino la ambición desnuda del poder por el poder”, continuaría la Presidenta. “Porque el poder sin principios se vuelve arrogancia; el poder sin límites, abuso; y el poder que olvida al pueblo, termina enfrentándose a la historia. México merece servidores públicos que entiendan que los cargos son pasajeros, pero responsabilidad ante la Nación es eterna”. 

La reacción llegaría al vuelo. “En la Cuarta Transformación, las decisiones individuales jamás estarán por encima del proyecto colectivo ni del mandato ciudadano”, señalaron los gobernadores morenistas en un pronunciamiento que llamaba a la Unidad, Principios y Respaldo Total a la Presidenta Sheinbaum. “Manifestamos nuestro absoluto y categórico respaldo a la Presidenta de la República”, afirmaron sin que fuera necesario aclarar ante quién brindaban su respaldo. “Ella encabeza con legitimidad, honestidad y liderazgo el destino de la patria. Su conducción cuenta con la fuerza y el compromiso de nuestros gobiernos estatales”.

Andrés Manuel, por lo pronto, sigue sin dar señales de vida. “El Pueblo no está para alimentar ambiciones personales”, había señalado la Presidenta sin nombrar destinatarios que, por otra parte, no eran necesarios. “Está para exigir que se defienda su dignidad, su futuro y su esperanza. Por encima de cualquier nombre, de cualquier grupo y de cualquier interés particular, está el pueblo y la Nación”. Claudia Sheinbaum tiene poder por sí misma, poder propio, y está a punto de ejercerlo. Un poder muy distinto, sin duda alguna, a lo que Andrés Manuel consideraba transferir al entregarle un bastón de mando de mera utilería. El poder, ahora, es real. Y responde a los intereses de su momento. El patriarca llegó a su otoño.