AMLO ante su ocaso

Es el penúltimo año del sexenio, año de conclusiones y cierres de obras y logros.

El 2023 va a ser un año complejo para el presidente López Obrador. Es el penúltimo año del sexenio, año de conclusiones y cierres de obras y logros. El año del balance de lo que se hizo y lo que no se hizo. Debe empezar a preparase para su examen de pospresidencia. Y sospecho que no se siente muy tranquilo con lo que ve. La revolución de las conciencias y la transformación definitiva del país, con un nuevo modelo económico, simplemente no ha cuajado como él lo preveía hace unos años.

Antes de asumir la Presidencia afirmó que “es muy fácil gobernar”. Ahora sabemos que solamente se refería a manejar los instrumentos del poder para intimidar y coaccionar a la sociedad. Definitivamente, no se refería a la transformación de la sociedad. También sabemos que no tenía ni idea ni un plan para ello, porque, de haberlos tenido, habría empezado su gestión con grandes modificaciones a la legislación vigente, en materia económica, energética, de seguridad y con una profunda reforma política y fiscal. Pero no, no lo hizo. Su gran reforma de la primera mitad del sexenio fue la reforma constitucional para instituir la figura de la “revocación de mandato”. Es decir, desde el primer día estaba más interesado en garantizar la posibilidad de su reelección en vez de la construcción de una nueva sociedad.

El pensar que tres construcciones como el AIFA, el Tren Maya y la refinería en Dos Bocas, además de repartir dinero a pobres indiscriminadamente, eran el inicio de “una sociedad nueva, una transformación de las conciencias” es, en realidad, un pensamiento mágico ridículo y un engaño deliberado. Estaba pensando en la próxima elección, no en la próxima generación, como dijera Winston Churchill. Lo confirmó él mismo hace poco cuando dijo que “repartir dinero es el proyecto político de este gobierno, es para ganar elecciones”.

Pero el tiempo —ese implacable medidor que nos define a todos— se le impone incluso a un sujeto pagado de sí mismo como López Obrador. Ve acercarse el fin de sexenio y sabe que debe empezar a limpiar el desmadre de país que está dejando, si no quiere dejar un legado de que se dedicó a destruir todo, sin construir nada en su lugar. Así leo lo de Ovidio: era un pendiente que debía solucionar antes del fin de sexenio, para borrar la imagen del Presidente-narco. Está por verse si es verdad y si le funciona.

Apresura la construcción del aeropuerto sin accesos, una refinería que se inunda y un tren que destruye el medio ambiente, para poder cortar listones. En el caso del AIFA, sin caminos de acceso y a medio terminar. Cortó el listón en Dos Bocas: se había terminado únicamente una oficina y la refinería está en veremos. En algún momento hará lo mismo con el Tren Maya, cortando el listón con muchos rieles aún por colocarse. Se le olvida cómo sus huestes construyeron la Línea 12 del Metro, apresurando la obra irresponsablemente para cortar el listón. Y ese Metro puede ser la muerte política de Morena.

Así piensa. No en el pueblo, no en lo que conviene económicamente o en materia de seguridad humana ni del planeta. Piensa en sí mismo. Piensa como director de una campaña electoral, donde lo único que importa es ganar votos. Los desmanes producidos en el proceso serán “atendidos después”. Ese nivel de irresponsabilidad, sin embargo, tiene un límite. Y el límite es el tiempo, que definirá cuándo termina su obra y empieza el recuento de sus logros y fracasos.

Está llegando la hora de la rendición de cuentas y de la definición de su legado. Ante los logros magros y los fracasos mayúsculos, el Presidente debe sentir frío. Él lo sabe mejor que nadie: no ha habido transformación ni revolución de conciencias ni está satisfecha la sociedad. Han crecido la pobreza, la inseguridad, la violencia, la destrucción institucional y, lo peor, deja una sociedad fracturada, inconforme y con grandes resentimientos.

Éste es el legado que deja AMLO ante su ocaso.

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