Desde el mes de octubre del año pasado, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dio luz verde para que la CIA realizara operaciones dentro de Venezuela. Equipos tácticos y contactos estadunidenses se movieron al corazón de Caracas desde verano del año pasado de una manera muy secreta. Querían saber los movimientos, los pasos, las maniobras y cualquier cosa del dictador venezolano, Nicolás Maduro. Se hicieron infiltraciones y se buscó corromper a contactos venezolanos dentro del régimen chavista. El objetivo era sacarlo del poder ya sea de manera pacífica o a la fuerza. Los escenarios estaban contemplados. Planes se hicieron y se le presentaron al presidente Donald Trump. Cualquier decisión estaría recayendo en el mandatario estadunidense y su equipo de trabajo. El hombre que deseaba el Nobel de la Paz y que supuestamente ha terminado ocho guerras, tenía en sus manos el futuro de Venezuela y la dictadura chavista.
Algunos pensaban que era puro blofeo el asunto venezolano y que no pasaría de ataques a lanchas en el Mar Caribe, como también, que Trump no derrocaría a Maduro.
Algo que yo aprendí y entendí desde antes de que entrara a su segundo mandato, es que el presidente Donald Trump no blofeaba en lo que comentaba. Hemos podido observar cómo es que muchas de sus promesas se han cumplido al casi finalizar su primer año como presidente cuadragésimo séptimo de la nación norteamericana.
Estados Unidos es el país más poderoso del mundo. Su presidente, como tal, es el hombre más poderoso del mundo. Por ende, decisión que tomara sobre Venezuela, decisión que se realizaría. Las cartas y los escenarios siempre estuvieron en la mesa de la Oficina Oval de la Casa Blanca. Sólo faltaba la autorización del hombre que fue elegido de nueva cuenta por el electorado estadunidense.
A Maduro se le dieron oportunidades. Existieron llamadas. Hubo contactos del más alto nivel. Se le trató de persuadir. En algún momento estuvo a punto de ceder. Sin embargo, algo hizo que Maduro decidiera no aceptar una salida pacífica y coordinada desde Caracas.
Para mí, el momento que cambió todo entre Estados Unidos y Venezuela fue el ataque de la CIA a territorio venezolano. Una cosa era atacar directamente a lanchas provenientes las costas venezolanas en el Mar Caribe y presumirlas como una presión al régimen venezolano. Otra cosa, ya fue directamente apuntar a un muelle dentro de Venezuela.
La presión se agudizó más. Estados Unidos no descartó una invasión o ir más allá de un ataque directo.
Con todo esto, creí que Maduro no estaría más allá de enero o febrero de 2026. No había garantías ni seguridad alguna que pudiera con la presión estadunidense. Las opciones de salir a Bielorrusia y buscar refugio político se esfumaron. Las advertencias de Rusia y China a Estados Unidos no funcionaron para Donald Trump. La decisión era quitar a Maduro. Su cabeza costaba 50 millones de dólares. Varias organizaciones criminales de su país fueron designadas como organizaciones terroristas extranjeras por la administración trumpista.
El final llegaría tarde o temprano.
Dicho y hecho, en la madrugada de este sábado, Estados Unidos dio una cátedra de cómo violentar la soberanía de un país, de no respetar el derecho internacional y de cómo se realiza una operación militar especial. Todo se asemeja a Panamá con Manuel Noriega. Ni Trump ni Bush le pidieron permiso al congreso estadunidense. La decisión la tomaron los presidentes con su puño, letra y voz.
Bastaron no más de tres o cuatro horas para que la operación militar estadunidense en Venezuela derrocara a Nicolás Maduro y pusiera a temblar a las principales estructuras chavistas.
Pareciera que es el fin del chavismo, pero realmente, lejos están las cúpulas gubernamentales y militares de querer dejar el poder.
Estados Unidos ha cantado victoria muy pronto. Maduro fue sólo la punta del iceberg. Serán todavía días de ataques militares y muertes dentro de suelo venezolano.
Eventualmente, Estados Unidos tomará Venezuela por completo, pero tendrá que ser cuidadoso cómo lo hace. Debe aprender de su pasado.
Mientras observamos la caída de Maduro, me parece importante decir que, si la administración de Donald Trump pudo con Venezuela, también puede con Colombia, México o cualquier país que resulte incómodo.
La doctrina Monroe 2.0 está de vuelta.
¡A poner a remojar sus barbas!
