Pandora y el pueblo bueno

La corrupción llega hasta la médula de todos los estratos sociales.

Cuenta el mito griego que Hefesto creó a una mujer con los dones de la belleza, astucia y arte, llamada, Pandora, para que Zeus, deseoso de vengarse de Prometeo por haber robado el fuego y darlo a los humanos, se la presentara al hermano de éste, Epimeteo.

Epimeteo se casó con Pandora, quien había recibido una caja cerrada con instrucciones de no abrirla bajo ningún concepto. Sin embargo, los dioses también habían otorgado a Pandora una gran curiosidad, por lo que decidió ver su contenido.

Al abrirla, escaparon de su interior todos los males del mundo, la enfermedad, la envidia, la vanidad, el engaño, el dolor y el sufrimiento. Pero la esperanza, que también estaba en la caja, no alcanzó a salir, pues Pandora la cerró rápidamente.

No sabemos bien en qué momento, pero desde hace varios años en México alguien –o algo– abrió la caja de Pandora. La sociedad está polarizada, fragmentada. La violencia desmedida. Y no existe ningún respeto por la ley.

El pueblo bueno, ése del que habla el presidente López Obrador, también está afectado por esos males de los que habla el mito griego.

Cada semana vemos cómo vuelcan camiones en las carreteras y, en cuestión de minutos, son saqueados a plena luz del día, ya sea que transporten cerdos, televisiones o escritorios.

Es ese pueblo bueno el que muchas veces idolatra y protege al crimen organizado. Que glorifica a delincuentes y hasta enseña a sus niños a jugar con armas de juguete.

Justamente es ese pueblo sabio el que, a mitad de los disturbios en Sinaloa por la captura de Ovidio “N”, decidió que era buena idea saquear y asaltar tiendas, en medio del caos y la tensión.

El pueblo bueno también son las madres de cientos de miles de criminales que se hacen de la vista gorda cuando sus hijos llegan a su casa con los objetos que robaron.

No se sabe a ciencia cierta cuántos miles de cientos de mexicanos están enlistados en las filas del crimen organizado, pero los 150 mil homicidios en lo que va del sexenio –una gran parte de personas involucradas–, nos puede dar una idea.

Son los centenares de delincuentes que pueden sitiar una ciudad como Culiacán y poner en jaque al Estado mexicano, incluyendo al Ejército. Ésos que tienen la capacidad de robar 250 autos en cuestión de horas. ¿Cuánta gente se necesita para hacer algo así?

Es ese pueblo bueno, al que santifica el Presidente, el que puede secuestrar a cientos de representantes de la oposición, como ocurrió en 2021, y operar elecciones en varios estados del país a favor de Morena.

Pero ahí no se quedan nuestros males. La corrupción llega hasta la médula de todos los estratos sociales. Por eso no hay nadie en el gobierno ni en el Poder Judicial que condene el evidente plagio de una ministra de la Suprema Corte de su tesis de titulación.

Seamos honestos, el reto no es simplemente tratar de detener la ola de violencia, o capturar a un capo, o meter a la cárcel a un par de delincuentes de cuello blanco para mandar un mensaje. El problema, y la solución, es mucho más compleja.

¿Cómo lograrlo? Desde el fondo, cambiando esa cultura de la criminalidad, construyendo sociedad y enseñando civismo, regenerando el tejido social, terminando con la polarización y, sobre todo, creando un sólido Estado de derecho. No hay otra manera.

*Maestro en Administración Pública

por la Universidad de Harvard y

Profesor en la Universidad Panamericana.

Twitter: @ralexandermp

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