Lo que distingue a una dictadura

Es iluso pensar que Venezuela o Cuba son democracias.

No hay que ser experto para reconocer una dictadura. Basta verla para saber que uno está ante un régimen de este tipo.

Sería muy iluso pensar que Venezuela o Cuba, cuyos gobernantes guardan un lugar especial en el corazón del presidente López Obrador, no caen dentro de la categoría de gobiernos totalitarios y sus mandatarios son dictadores.

Por eso hay que analizar qué es lo que busca nuestro prócer macuspano y su movimiento cuando aplastan cualquier chispa de autonomía o pensamiento crítico. Cuando hacen una reforma en la que, en el fondo, se pretende someter a todos los Poderes de la Unión a una sola voluntad, que es la del liderazgo del partido.

Cuando proponen eliminar a los organismos constitucionales autónomos, tan necesarios en una democracia, incluyendo al órgano de trasparencia, que garantiza publicitar cómo se gastan los recursos públicos que vienen de nuestros impuestos.

Las dictaduras siempre se han distinguido por el apoyo de los militares, ganado a través de maicearlos. Sin el soporte de éstos, sería imposible lograr su cometido, y es justo en ese momento cuando las instituciones castrenses, creadas para cuidar a la ciudadanía, se vuelven en contra de ella y se convierten en sus verdugos.

También se caracterizan por prácticas de nepotismo, pues, al final de cuentas, ¿para qué sirve tanto esfuerzo si no se puede conservar el poder y la riqueza entre la familia? Por eso los dictadores suelen impulsar a sus hijos o hermanos a puestos clave dentro del gobierno o del partido, en este caso, Morena.

Suelen cooptar los mecanismos de protección de derechos humanos, pues, a fin de cuentas, saben que los tendrán que violar sistemáticamente para permanecer en el poder, y prefieren que no exista ningún organismo o persona que los esté denunciando nacional e internacionalmente.

También se hacen de las instituciones de persecución de delitos, como las fiscalías, para poder amedrentar a los enemigos políticos y premiar con impunidad a los amigos del régimen.

Usualmente cambian la narrativa y la historia oficial, a la par que usan lenguaje divisor y palabras cargadas de ideología como “soberanía” o “pueblo” para tratar de crear enemigos imaginarios de los cuales el dictador tiene que defender a los más “desfavorecidos”, mientras, irónicamente, al final éstos serán los más perjudicados.

Tienen una agresiva agenda de apoyos sociales que suelen disminuir rápidamente, pues el modelo económico no permite que continúen a largo plazo, pero que le permite al dictador acceder a votos para reformar el marco legal a su antojo.

Usan mecanismos como el referéndum para justificar, como una democrática “voluntad popular”, su ascensión al totalitarismo.

En el fondo, buscan el poder absoluto basado en la dictadura de las mayorías, donde incluso la ley está sometida al grupo en el poder. Si hay duda, basta ver la declaración del presidente López Obrador en cuanto que “no me vengan con que la ley es la ley”.

Siempre habrá cobardes, traidores e ilusos que justifiquen la tiranía, pero es difícil ocultar la realidad.

Usted, lector, juzgue el México que tenemos y empiece a llamar por su nombre las cosas. Por lo menos eso nos merecemos.

*Maestro en Administración Pública por la Universidad de Harvard  y profesor en la Universidad Panamericana

X: @ralexandermp

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