La reconciliación que nunca llegó
Era el momento de la reconciliación nacional
Era la noche del 1 de julio de 2018. Los candidatos opositores habían reconocido el triunfo de Andrés Manuel López Obrador, quien llegaba a la Presidencia después de dos intentos fallidos. Desde un hotel en el Centro Histórico de la Ciudad de México emitía un discurso esperanzador. Llamó “a todos los mexicanos a la reconciliación”, a “poner por encima de los intereses personales, por legítimos que sean, el interés superior”. Dijo que buscaría la “dicha y la felicidad de todos los mexicanos”.
Era el fin de una campaña de 12 años llena de división, de contrastes, de polarización. Nos gustara o no, sería el Presidente de todos los mexicanos. En ese momento parecía que tal vez los miedos eran infundados. El mandatario quería pasar a la historia como un “buen Presidente”.
Efectivamente, era el momento de la reconciliación nacional, de darle vuelta a la página y empezar una nueva etapa en la historia de México.
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A tres años, sabemos que ese momento nunca llegó. El mandatario, lleno de rencor —probablemente por no haber podido llegar al poder una década antes—, decidió que era mejor dividir que dialogar. Culpar al pasado de los errores de su administración. Que el discurso de odio funciona mejor y en él se puede ocultar la realidad de su gobierno. En esos villanos, los “otros”, se pueden depositar los males que aquejan a nuestro país, aunque sean espejismos.
Y, ¿por qué no hacerlo? Ese discurso polarizador ha funcionado muy bien en otras latitudes. Basta ver a Trump, Evo Morales o Bolsonaro. Por eso la reconciliación nunca llegó. Simplemente no convenía. El odio vende y sirve. Mueve voluntades y conciencias. La idea es canalizar las frustraciones, injusticias y problemas sociales y ponerles una cara: la mafia del poder, los conservadores, fifís, Salinas de Gortari.
Lo peor de todo es que han sido exitosos. Hemos caído en la narrativa oficial de los “enemigos del pueblo”. En esa visión del México de ellos y de nosotros. Han vendido la historia de que criticar al gobierno es buscar el mal del país. Mantener privilegios. Vivir de la corrupción. No hay crítico sincero, todos somos unos cínicos. Bajo esa ficción, los que perdemos somos nosotros, los ciudadanos, que poco podemos hacer para cambiar el rumbo de un país que va al despeñadero. Cuyas instituciones caen como una torre de naipes. En el cual la población más vulnerable y desprotegida es justamente la más afectada.
Ahora sabemos que el Presidente nos engañó. No busca una reconciliación nacional, sino justamente lo contrario. Divide y vencerás, dijo Julio César. Y mientras más dividido, mejor.
Claro, existe una genuina frustración. Cientos de injusticias que ocurren en México todos los días y lo han hecho por décadas. Desigualdad y pobreza. El problema es que millones de personas depositan su confianza y bienestar en su verdugo, en un proyecto que simplemente subsiste por alimentar ese odio, no por dar buenos resultados. Como un fuego al que tratamos de apagar con gasolina.
Todos somos mexicanos y queremos lo mejor para nuestro país y, claramente, el camino por donde nos está llevando nuestro gobierno es el equivocado.
Estamos a una semana de la elección más importante que hemos tenido en la historia democrática de México. Hay que salir a votar de manera inteligente y corregir el rumbo.
*Maestro en Administración Pública por la Universidad de Harvard y profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Panamericana.
Twitter: @ralexandermp
