La política exterior de la Cuarta Transformación

No se tocó el tema de la integración norteamericana.

Muchas cosas nos han quedado claras con la administración de la Cuarta Transformación: los funcionarios no son responsables de sus desastres, piensan que es muy fácil gobernar –pues la ignorancia les trae paz–, y son más corruptos que antes y mucho menos eficientes.

Sin embargo, algo nuevo se ha vuelto evidente, a raíz de la última gira –si así se puede llamar– del mandatario mexicano y su gabinete a Estados Unidos, y es que nuestras autoridades no tienen la menor idea de lo que hacen en política exterior.

No se trata de lo mediocre que fue la agenda en Washington –con nuestro aliado y socio comercial más importante– ni que el mandatario estadunidense no recibió en la entrada de la Casa Blanca a nuestro prócer, mandando un mensaje de frialdad. Tampoco que López Obrador se echó un monólogo de 30 minutos que nada tenía de interés para la agenda bilateral.

Ni siquiera lo más importante es que el Presidente mexicano no se atreviera a tocar temas como la libertad de Julian Assange, la reconfiguración de la OEA o el fin del bloqueo a Cuba, posiciones que tanto pregona desde la protección de su púlpito presidencial.

El problema es que la reunión bilateral más importante del sexenio fue profundamente irrelevante, igual que la política exterior para el gobierno de la –autodenominada– Cuarta Transformación.

No se habló del problema de las armas que se introducen por nuestra frontera norte, de cómo fortalecer la economía y la integración norteamericana frente al dragón asiático, de la autosuficiencia energética regional  o de cómo se van a combatir a las organizaciones criminales de manera conjunta, que todos los días matan a 100 mexicanos.

Lo único que se trató en la gira internacional es el compromiso de México de invertir dinero en los pasos fronterizos y su ridícula promesa de subsidiar gasolina para los estadunidenses con dinero de nuestros impuestos, que parece que se lo sacó de la manga el mandatario. Ni avances en el tema de migración ni en las visas de trabajo, que quedó como una promesa en el aire.

Lo que vimos fue un Presidente que, sintiéndose mesías, rodeado de algunas decenas de fanáticos, a los pies del monumento de Martin Luther King, en un discurso vacío y lleno de lugares comunes, demostró que no trae nada más que palabras.

No podía ser de otra manera, pues alguien que no entiende el papel de su país en un mundo globalizado, no puede ver más allá de sus propias narices. Tampoco darse cuenta de que la única manera que su gobierno pueda combatir la pobreza y la desigualdad es volviéndose más competitivo y atractivo para el mundo. Y justo en la gira era el momento de empezar.

No se podía esperar más. Es verdad que regresamos varias décadas en política para convertirnos en un país que vive en tiempos diferentes a sus pares en el globo.

Pero en la misma línea en que fue irrelevante la gira del presidente López Obrador, fue evidente que el gobierno estadunidense sabe que esta Presidencia es pasajera y no le piensa dedicar más tiempo ni esfuerzos, sino buscar mantener las cosas como están, hasta que existan mejores condiciones.

Al igual que Joe Biden en su reunión del martes, lo mejor que podemos esperar los mexicanos, es que termine un frustrante capítulo sin que a nuestro Presidente se le vengan a la mente más ocurrencias.

*Maestro en Administración Pública por la Universidad de Harvard y Profesor de Derecho Constitucional

en la Universidad Panamericana.

Twitter: @ralexandermp

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