La indiferencia frente a la violencia

Decidimos que queremos seis años más de lo mismo.

Parece que a pocos les importa, les preocupa. Aunque siempre ha existido, en 18 años la espiral de violencia generada por el crimen organizado ha ido creciendo de forma imparable, tomando nuevas formas, como un monstruo de mil cabezas y, mientras pensábamos que habíamos tocado fondo, seguimos sin vislumbrarlo. Estamos cavando el mismo agujero que será nuestra tumba.

En los últimos tres sexenios suman —oficialmente— casi medio millón de asesinatos, a lo que hay que sumarle los desaparecidos que están en alguna de las centenares de fosas clandestinas regadas por todo el territorio nacional.

Lo más preocupantes es que estos expertos asesinos nos han demostrado que siempre hay una manera más sádica, menos humana, de cometer sus delitos. Cualquier cuento de ficción o película de terror se queda corta frente a las atrocidades que llevan a cabo todos los días los criminales en contra de sus compatriotas, a la menor provocación. Como dicta la canción, en México la “vida no vale nada”.

Y frente a esto, los mexicanos permanecemos impávidos, indefensos. Muchas veces callados. Cualquier nuevo asesinato “mediático” nos indigna unos cuantos días para luego ser archivado dentro del fólder de los hechos que eran inimaginables, pero ahora son parte de nuestra violenta mexicanidad. 

El país arde en llamas y todo sigue igual. Pasan los años y parece que no aprendemos nada de los aciertos y errores cometidos. Desde el sexenio de Felipe Calderón y la creación de la Policía Federal no hay ninguna idea nueva o estrategia para revertir la ola de asesinatos de los que nunca se encuentran a los culpables.

No obstante, nadie con dos dedos se frente se atrevería a afirmar que lo hecho durante 18 años ha funcionado o negar que los últimos seis han sido un completo desastre, no hay una propuesta de seguridad seria de ninguno de los candidatos a llegar este año a la silla presidencial. Sus palabras, aunque muestran algo de preocupación, más bien se perciben como cínicas e indiferentes, no muy alejadas de la actitud del pueblo mexicano.

Resolver el problema antes de que se termine de implantar de forma permanente en nuestra sociedad, dentro de nuestras familias y se fije en nuestras células, debería de ser la prioridad número uno de cualquier aspirante a dirigir nuestra naciente democracia.

Pero no, los mexicanos decidimos que no es lo primordial. Y que tal vez queremos seis años más de lo mismo. De corrupción, nepotismo, crimen, asesinatos, sangre en las calles. Candidatos y funcionarios que le responden a las organizaciones criminales y no a los mexicanos que salen todos los días a trabajar por un mejor país.

Temas como lo ocurrido en Taxco, donde fue asesinada una niña de ocho años por sus vecinos y después estos fueron linchados, nos dan muestra que nuestra brújula moral —si es que existe algo así— perdió el norte. Es inexistente el tejido social —sea lo que eso signifique— y el Estado de derecho. La justicia es la que se hace en la calle por el más fuerte —el más armado—.

No hay otro camino, sino que nuestras autoridades diseñen e implementen una estrategia de seguridad que demuestre que el Estado mexicano es más fuerte que los criminales y nos reafirme que todos nos podemos involucrar, pues no somos indiferentes frente a la gravísima situación que impera en el país.

Dejemos de posponer el tema. No sabemos si la próxima víctima será un ser querido o nosotros mismos. ¿Cuándo nos vamos a dar cuenta?

*Maestro en Administración Pública por la Universidad de Harvard y profesor en la Universidad Panamericana

X: @ralexandermp

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