La evidente injerencia del narco
No dimensionamos el tamaño de su poder y sus tentáculos.
No debería sorprendernos la investigación periodística de Tim Golden, ganador de dos premios Pulitzer, publicada hace unos días en el prestigiado periódico ProPublica, que refiere cómo, presuntamente, algunos de los colaboradores más cercanos de López Obrador se vieron involucrados en una red de “donaciones en efectivo” provenientes del narco —del Cártel de los Beltrán Leyva— para su campaña presidencial de 2006.
La realidad es que la evidencia está ahí desde hace años, en nuestras narices, aunque nos neguemos en verla. Todo ese cash. La falta de transparencia sobre el origen de los recursos que ha usado el partido y la opacidad para explicarnos de qué vivió López Obrador y su familia durante los 13 años que duró su campaña.
La destrucción de la Policía Federal como el único cuerpo civil con capacidad para hacerle frente al crimen organizado. Los constantes viajes —cinco— a Badiraguato, Sinaloa, sin miedo al letal cártel que nació ahí. El respeto al referirse a un narcotraficante como es El Chapo. La orden de liberar a su hijo Ovidio en 2019, en lo que se conoce como el Culiacanazo. La deferencia hacia su madre.
La indiferencia frente a los casi 180 mil homicidios de su sexenio y la toma de regiones enteras por las organizaciones criminales a la vista de las autoridades. La evidente operación electoral de los cárteles en procesos locales como Sonora, Sinaloa o Baja California en 2021. Las amenazas a los opositores de Morena. La restricción a las operaciones de las agencias de Estados Unidos en México.
El video de la alcaldesa de Chilpancingo por Morena, Otilia Hernández, donde se aprecia que se reunió con el líder de Los Ardillos, uno de los grupos criminales que controla Guerrero. Los señalamientos de *Griselda Martínez, alcaldesa de Manzanillo, que acusó haber sido expulsada por el presidente de Morena, Mario Delgado, por asegurar que en eventos masivos de la aspirante presidencial, Claudia Sheinbaum, hay presencia del crimen organizado.
Las revelaciones de Gibrán Ramírez, uno de los fundadores de Morena y quien aspiraba a dirigirlo, sobre que el dinero del narcotráfico permeó al partido y cómo varios diputados morenistas de forma “ingenua”, o desde la “perplejidad”, le comentaron haber recibido recursos de origen ilícito.
Las declaraciones del Presidente sobre que “el narco es pueblo” y no se reprime. La insistencia de tener un fiscal general a modo. La distracción al Ejército con tareas alejadas de la seguridad.
Incluso algunos magistrados del Tribunal Electoral —como Felipe de la Mata— han declarado que reconocer el problema es el primer paso frente a la “creciente presencia del crimen organizado”.
Seguir insistiendo en que eso no es así, es lo mismo que defender que el presidente López Obrador no es corrupto, mientras hemos visto videos de su círculo más íntimo recibiendo fajos de billetes por décadas, empezando por su secretario particular, René Bejarano, y llegando hasta sus propios hijos que, está documentado, se han vuelto millonarios en lo que va del sexenio.
Y mientras López Obrador insiste en que tiene “autoridad moral” —otorgada por él mismo—, sabemos que se operará una elección de Estado con el apoyo del crimen organizado.
¿Apoco existe duda de que estas organizaciones estarán dispuestas a invertir cientos de millones de dólares para conservar el statu quo? No dimensionamos el tamaño de su poder y sus tentáculos. Basta tener dos dedos de frente para saber que el crimen organizado se beneficia con este gobierno, que es cínico y corrupto. La evidencia está.
*Maestro en Administración Pública por la Universidad de Harvard y profesor en la Universidad Panamericana
X: @ralexandermp
