La corrupta Cuarta Transformación

La narrativa es perfecta. Tanto nos han dicho que la Cuarta Transformación tiene como una de sus principales banderas el combate a la corrupción, que incluso la idea ha podido permear en la percepción ciudadana de que algo se está haciendo bien. Pero la realidad es ...

La narrativa es perfecta. Tanto nos han dicho que la Cuarta Transformación tiene como una de sus principales banderas el combate a la corrupción, que incluso la idea ha podido permear en la percepción ciudadana de que algo se está haciendo bien. Pero la realidad es muy diferente.

Las señales siempre han existido, pero decidimos ignorarlas. No bastó ver los videoescándalos de Carlos Ahumada en el 2004, en los que cercanos al ahora presidente López Obrador, como su secretario particular, René Bejarano —esposo de Dolores Padierna—, y el delegado de Tlalpan, Carlos Ímaz —quien estuviera casado con Claudia Sheinbaum—, recibían fajos de dinero.

Tampoco las imágenes del secretario de Finanzas del Distrito Federal, Gustavo Ponce Meléndez, apostando miles de dólares en un casino de Las Vegas. Ni siquiera la opacidad en la construcción del segundo piso del Periférico, a través de un fideicomiso, cuando fue jefe de Gobierno.

Y seguimos ignorándolas. No sólo es el aumento desmesurado en las adjudicaciones directas a nivel federal o que sus incondicionales se han visto beneficiados con recursos públicos, como Epigmenio Ibarra, cuya empresa recibió un crédito gubernamental por 150 millones de pesos.

El problema es su apoyo ciego a personas como Manuel Bartlett, que ha sido evidenciado en la falsificación de documentos públicos y tiene propiedades que no son acordes con sus ingresos. O que no hubo sanciones por que Olga Sánchez Cordero, Javier Jiménez Espriú, Julio Scherer Ibarra e incluso quien fuera la titular de la Secretaría de la Función Pública, Irma Eréndira Sandoval, mintieron en sus declaraciones patrimoniales.

Seguimos cerrando los ojos ante la opacidad en programas sociales —como Sembrando Vida— y el reparto de millones de pesos que hizo Morena a sus operadores políticos a través de su fideicomiso para damnificados del sismo del 19 de septiembre de 2017.

Lo más grave son los hechos evidentes de corrupción de su primer círculo. En los últimos meses han salido a la luz videos de dos de sus hermanos —Pío y Martín— recibiendo dinero en efectivo de ese misterioso —y oscuro— operador que es David León Romero, y se evidenció que su prima Felipa tenía contratos con Pemex por 450 millones de pesos.

Y en un país donde los tentáculos del crimen organizado han llegado a —prácticamente— todas las esferas sociales, sigue sin explicarnos quién financió su campaña política de 12 años y cómo vivía sin una cuenta bancaria.

Y mientras todo esto ocurre, las —debilitadas— instituciones de procuración e impartición de justicia —el Poder Judicial, la Fiscalía General de la República, la Fepade, la Unidad de Inteligencia Financiera— guardan un cómplice silencio. Eso sí, atacan a cualquier adversario político del mandatario.

Es verdad, no son como los de antes. En sexenios anteriores no existía ese cinismo y descaro. Ahora el Presidente insulta nuestra inteligencia y dice que “son aportaciones del pueblo” o que se trata de “un préstamo privado”. Y con eso basta para dar vuelta a la página.

Ya es hora de abrir los ojos para ver que la 4T representa todo lo que dice combatir. En algo no se equivocan, la corrupción es el cáncer de México. Y claramente se ha extendido a todos sus órganos, empezando por aquellos que hemos elegido para erradicarla.

*Maestro en Administración Pública por la Universidad de Harvard y profesor en la Universidad Panamericana.

Twitter: @ralexandermp

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