En el ambiente de polarización propiciado por el Ejecutivo federal, es difícil mencionar temas con objetividad y datos publicados en los medios científicos. Resulta evidente e irrefutable que México articuló un programa de vacunación ordenado, sensato y de una eficacia a prueba de fuego contra covid-19; por supuesto, como ocurrió prácticamente en todo el orbe, el esfuerzo retrasó los programas regulares de vacunación a los niños y niñas contra las otras infecciones transmisibles, sin duda costará trabajo recuperarlos, pero México tiene la capacidad para hacerlo.
Cuando la mayoría de la población sentía que el asunto de covid-19 era un asunto superado, aparece, como era de esperarse, la concurrencia de la influenza, virus sincitial respiratorio y covid-19. Se han incrementado ya los números de personas hospitalizadas y de fallecimientos que estaban ya prácticamente en ceros hasta hace un par de meses. Por supuesto, no esperamos que se repitan los escenarios que vivimos hace un par de años por los enormes porcentajes de población vacunada y/o que ha padecido la infección, pero de cualquier manera es urgente apuntalar los programas de vacunación contra la influenza y actualizar el de covid-19.
En este escenario aparece la posibilidad de adquirir una nueva vacuna contra covid-19 de origen cubano desarrollada por el país caribeño. Si bien es cierto que la mayoría de los mexicanos sentimos simpatía y solidaridad con el pueblo cubano que ha sufrido diversas crisis en la historia reciente, pocos temas han resultado tan polémicos como el gobierno resultante de la Revolución Cubana. Prácticamente desde que tengo conciencia escucho acaloradas discusiones incluso en el seno familiar, de dos posturas aparentemente irreconciliables. Unos apoyan a la revolución celebrando sus logros y, otros, son feroces críticos señalando los atropellos a los derechos humanos. Seguramente, la realidad es una mezcla de hechos en ambos lados, conozco cubanos y cubanas orgullosas de los logros de su gobierno, pero que señalan también sus defectos.
Hablando de los datos reales respecto de la mencionada vacuna, existe un artículo aparecido recientemente en una de las revistas derivadas de Lancet reportando los resultados de un estudio de cohorte, con cerca de un millón y medio de personas estudiadas en el que se pone en evidencia tanto la seguridad como la eficacia del biológico. La verdad es que, si cualquier otro país hubiera publicado un estudio de esas dimensiones, nadie se atrevería a poner en tela de juicio las conclusiones, pero como se trata de Cuba aparecen voces aseverando que se trata de mentiras. Los argumentos para sostener esos puntos de vista rayan en el ridículo, afirman que las tablas de los resultados las diseñaron en el escritorio del presidente, que la cohorte no es válida porque no hicieron un estudio de fase 3 y un largo grupo de sinrazones.
Los mecanismos que tienen revistas de tan alto nivel constituyen una barrera casi infranqueable que impide publicar datos fraudulentos (no digo que sea imposible) y se requeriría del trabajo de muchos profesionales enfocados en apuntalar un engaño para lograrlo. Lo lamento, pero casi puedo apostar que en el escritorio de ningún presidente latinoamericano existe la capacidad para diseñar y llevar a cabo un fraude de esas dimensiones. La mejor explicación es la más simple: la vacuna sirve. Claro que todavía no sabemos la eficacia como refuerzo de otras, pero eso ocurrió con las demás desde el inicio. Tampoco conocemos si puede ser útil en niños y niñas, pero eso también resulta similar a las experiencias previas. En suma, es otra vacuna, de diseño reciente, con datos claros de su seguridad y probablemente tan eficaz como cualquier otra. Si la tenemos hay que aplicarla, al margen de que no nos guste ni el discurso del Ejecutivo federal ni sus actitudes.
