Refrescos y política pública

Hace poco escribí respecto de una decisión del presidente de los Estados Unidos respecto a los refrescos que prohíbe el uso de alta fructosa, un azúcar muy tóxico y capaz de inducir adicción. Desde luego cada día nos queda más claro el enorme y omnímodo poder que ...

Hace poco escribí respecto de una decisión del presidente de los Estados Unidos respecto a los refrescos que prohíbe el uso de alta fructosa, un azúcar muy tóxico y capaz de inducir adicción. Desde luego cada día nos queda más claro el enorme y omnímodo poder que ejerce aquel personaje, de tal forma que los industriales, de antemano, no van a presentarle ninguna resistencia, aunque implique una disminución en sus utilidades.

Hace unos días fuimos testigos, acá en México, de una decisión mucho mejor, con mejores perspectivas en términos de salud pública y, desde luego, atiende el corazón del problema; la presidenta Sheinbaum manifestó públicamente la intención del gobierno federal para articular una política pública generalizada para disminuir o idealmente terminar con el consumo de esas bebidas. Desde luego existen hoy evidencias científicas irrefutables respecto de los daños a la salud provocados por las bebidas endulzadas en todas sus modalidades, de tal forma que podemos afirmar sin temor a equivocarnos que vender refrescos es comerciar con la muerte; a pesar de lo cual los industriales han mostrado una férrea oposición a cualquier medida que pretenda limitar el consumo. A lo largo de la administración pasada pudimos apreciar como vociferaron afirmando que era un discurso de corrupción del gobierno la pretensión de imponer el etiquetado de alimentos y bebidas, que desde luego ha demostrado su utilidad en términos de la baja del consumo de algunos productos tóxicos, pero ahora la cabeza del Poder Ejecutivo manifiesta abiertamente que no pretenden prohibir nada, sino articular campañas para crear conciencia entre las personas respecto de todas las enfermedades provocadas por el consumo de esos productos y en algunos ambientes específicos como las escuelas, prohibir su venta. Vender refrescos en las escuelas equivale a comerciar alcohol o mariguana dentro de una institución educativa; resulta a todas luces por completo inaceptable y absurdo, pero en el comercio abierto se seguirán ofertando, desde luego con todas las advertencias del gobierno respecto a la enorme cantidad de enfermedades causadas por esas bebidas tóxicas. Personalmente espero sean muy exitosos, porque eso va a significar una mejoría en salud de la población.

Me importa especialmente señalar, otra vez, el muy triste hecho de que hoy somos el país con las cifras más elevadas en obesidad infantil, que se relaciona directamente con el alto consumo de refrescos. No podemos seguir así y ya imagino las virulentas respuestas de los industriales que, en lugar de voltear a ver sus productos venenosos para reformularlos, prefieren recurrir a la agresión, la descalificación y la corrupción para mantener sus enormes ganancias.

De la misma forma en la que es importante señalar los defectos de un gobierno, es igualmente importante señalar y subrayar los aciertos, especialmente cuando abonan al bienestar común.

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