Reflejos de la desigualdad

Del lado pobre, las personas tienen menos opciones. Ellos son víctimas también de la inseguridad y del crimen, pero sus únicas alternativas son actuar en grupo con sus vecinos.

Hoy se publica en el periódico El País un artículo firmado por Viri Ríos que reporta los resultados de un estudio llevado a cabo por el diario. El texto lleva por título De un lado, del otro, y narra que estudiaron 45 mil barrios o colonias a lo largo y ancho de nuestro México para evidenciar colonias contiguas con diferencias abismales en cuanto a niveles de ingreso y gasto de un lado de una barda y del otro.

En la Ciudad de México se toma el ejemplo de Fuentes del Pedregal con vecinos de muy alto poder adquisitivo y colinda con Popular Santa Teresa que, en promedio alberga población de bajo poder económico. Muchas de las casas del lado rico presentan enormes bardas adicionales con alambrados de navajas, barreras electrificadas y se encuentran dentro de calles cerradas dentro de colonias que también están cerradas; los autores hacen el símil con una matrioshka.

La clase alta en México vive cada día mas aislada; a los menores los mandan en actividades organizadas (llamadas misiones), a conocer las condiciones en las que viven muchas personas fuera de sus fortalezas. La única misión, por supuesto, es que los niños se enteren que existe otra realidad muy distinta.

La percepción de los poderosos es que fuera de sus límites viven los delincuentes, de hecho, el diario entrevista a un habitante de la popular Santa Teresa, quien afirma que están acostumbrados a que los vean como “los maleantes”, pero que los sonidos de las alarmas siempre provienen del Pedregal, así como los ruidos producidos por armas de fuego.

En las estadísticas se reporta una tasa cinco veces superior de victimización del lado del Pedregal en comparación con la popular Santa Teresa. La frecuencia de robos a transeúntes es 449% mayor en el lado rico comparando con el pobre.

Los enormes cuerpos de seguridad, que habitualmente son subcontratados en el lado de los ricos sirven de muy poco. Las explicaciones giran en torno a la carencia de capacitación de los elementos de vigilancia, así como salarios francamente bajos que percibe ese personal. El sueldo promedio de esos vigilantes oscila alrededor de 4,600 pesos mensuales, lo que convierte las esperanzas de que se comporten como profesionales de la seguridad es un sueño guajiro, además de la enorme facilidad que esas condiciones representan para que el personaje sea corrompido por cualquier delincuente.

De cualquier manera el gran ausente es el Estado, que no asume ni sus funciones y menos sus responsabilidades en términos de brindar seguridad a los ciudadanos.

Del lado pobre, las personas tienen menos opciones. Ellos son víctimas también de la inseguridad y del crimen, pero sus únicas alternativas son actuar en grupo con sus vecinos, y frente al abandono por parte del gobierno sólo tienen la posibilidad de generar grupos de autodefensa.

El estudio afirma con datos duros, que no hay una sola variable que tenga mayor impacto en el surgimiento de autodefensas que la desigualdad.

Durante la administración federal pasada, pudimos apreciar con la mirada desorbitada la aparición de los grupos de autodefensa en Michoacán como respuesta de las comunidades agredidas y a merced de los grupos del crimen organizado.

De hecho, el gobierno designó a un personaje cuya misión fue entender y proponer soluciones que se lograron parcialmente. Hoy vemos el fenómeno generalizado y, por supuesto, sin respuesta estatal, es más, sin siquiera mencionarlo. La discusión pública gira en torno a unos volantes difamatorios de algún político...

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