Otra vez el asunto de los transgénicos
Las sociedades y países que están permitiendo la entrada de los productos de dicha empresa están facilitando y, casi provocando, una dependencia tecnológica y económica de toda una región.
Aparecen en prensa, a lo largo de las últimas semanas, evidencias respecto de un litigio iniciado por la unión americana conducente a sentar a México en el banquillo de los acusados por prohibir la entrada de maíz genéticamente modificado.
La experiencia europea arroja mucha luz sobre el fondo del problema, los “lobbistas” norteamericanos que representan a la empresa más grande dedicada a comercializar esos productos, Monsanto, convencieron a la autoridad reguladora europea de la inocuidad del maíz sobre la salud humana, es decir, a pesar de que existe un consumo muy grande de dicha gramínea por millones de personas, no se ha podido apreciar algún efecto dañino sobre la salud.
Haciendo una búsqueda simple en las fuentes de la bibliografía médica, parece ser cierto que no hay evidencia de daño. A pesar de esos hechos, muchos países, como Francia o Alemania, entre otros, están prohibiendo la entrada de dichos alimentos, incluso en contra de la regulación europea, y las razones no están en relación a la salud humana, sino a las prácticas comerciales de la empresa vendedora.
Monsanto ha modificado genéticamente muchos cultivos para que resistan condiciones climáticas especiales y sean capaces de resistir alguna plaga, lo que suena francamente positivo, pero al mismo tiempo las hace estériles en algunos casos, lo que provoca absoluta dependencia de los agricultores para poder seguir produciendo.
Como ese ejemplo hay muchos, incluso modificaciones que quizá hoy no son relevantes. Imaginemos que aparece alguna plaga en el futuro a la que dichos organismos resulten muy vulnerables y sólo la empresa tenga la tecnología necesaria para hacer una modificación rápida del segmento de DNA que pueda terminar con la vulnerabilidad.
Ahí radica el fondo del problema: las sociedades y países que están permitiendo la entrada de los productos de dicha empresa están facilitando y, casi provocando, una dependencia tecnológica y económica de toda una región, poniendo en grave riesgo tanto a la economía como a la seguridad alimentaria de sus habitantes.
Por supuesto, los países europeos que están prohibiendo la importación lo están haciendo por esas razones; de ninguna manera esgrimen razones de salud del consumidor porque perderían de inmediato.
El consumo humano parece ser seguro, el proceso digestivo de cualquier ser humano, es capaz de terminar con las cadenas de DNA contenidas en una semilla, sería francamente extraordinario que alguna parte de la molécula alcanzara el medio interno.
Discutir el asunto de las consecuencias sobre la salud humana, como hemos visto que el gobierno mexicano está haciendo, es perder de antemano.
Las razones para prohibir son temas económicos, de dependencia tecnológica y de seguridad alimentaria. Ojalá entienda este lamentable gobierno.
