Mortalidad materna reciente en México

La llegada de la pandemia confrontó los logros obtenidos con una dura realidad.

El dramático fenómeno de la muerte materna constituye un evento que, prácticamente no debería existir. Siempre en medicina existen imponderables situaciones que no son previsibles y pueden conducir a un desenlace fatal, pero cuando se presenta en una mujer joven, en edad reproductiva, que a veces tiene ya otros hijos pequeños, se convierte en un drama sumamente destructivo no sólo de los afectos, sino del entorno familiar.

Es un dato conocido el incremento de la mortalidad infantil en el grupo de menores que se quedan súbitamente sin su madre. La dificultad que se presenta en los países para bajar las cifras se debe principalmente a que depende de factores de desigualdad en términos económicos y en lo que se refiere a la inequidad de género.

México presentaba cifras muy lentamente a la baja por voluntad política de las últimas administraciones, pero no con la velocidad necesaria, tanto así que no cumplimos los Objetivos de Desarrollo del Milenio; explicable fenómeno por la persistencia de una desigualdad estructural. En términos reales, pasamos de 1,309 muertes reportadas en el 2002 a 695 en el 2019, pero frente a la pandemia se pone de relieve que todo dependía de alfileres.

En el 2009 se articuló una política para la atención universal de la emergencia obstétrica, cuyo objetivo era que en ningún servicio público de urgencias se rechazara o dejara de atender a una mujer gestante. Funcionó parcialmente y nunca se pudo articular un mecanismo ágil para la facturación cruzada de los gastos generados por dichas atenciones de tal forma que las instituciones se han alejado del mecanismo.

Por supuesto esa no es toda la explicación; existen muchos otros condicionantes que determinan cada evento. El ejemplo de la carencia de carreteras es muy evidente: una emergencia obstétrica frecuentemente requiere que la mujer sea atendida en pocas horas o minutos por lo que existen miles de poblaciones pequeñas al margen de poder atender la situación, facilitando que las mujeres mueran.

Ya dentro de los sistemas hospitalarios, está bien documentado el hecho de los retrasos en la atención que determinan el fatal desenlace y esto tiene que ver, por supuesto, con la incapacidad estructural de las instituciones, la carencia de infraestructura, la falta de personal entrenado, la imposibilidad tanto de la mujer como de la familia para exigir una atención rápida y digna y un largo grupo de etcéteras que reflejan un país con desigualdades insultantes.

La llegada de la pandemia confrontó los logros obtenidos (no digo que no existan) con una dura realidad. La lograda disminución ha dependido de la voluntad de algunas personas dentro del sistema sanitario, pero no hay una solución estructural.

Los hospitales que atienden mujeres embarazadas se vieron afectados por la pandemia de covid-19 con respuestas desiguales, falta de coordinación y no hubo una cabeza del sistema pensando en coordinar acciones. El Inegi reporta para el 2020 poco más de mil muertes maternas y estamos a la espera de las cifras definitivas para el 2021, pero sospechamos serán peores.

El tema, por supuesto, requería de una respuesta planeada y de frente a la emergencia sanitaria de una coordinación de todo el sistema nacional de salud para no olvidar a las mujeres gestantes, incluso ofreciendo la interrupción de embarazos tempranos a mujeres que así lo solicitaran. No era para menos, pero no ocurrió. La Cuarta Transformación falló también en éste rubro. Lo lamento profundamente.

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