Las diferencias en la calidad de atención médica
Quienes fueron derechohabientes el día de hoy son nadahabientes.
Como se ha mencionado en múltiples espacios periodísticos, los últimos años de la actual administración dieron al traste con la salud otorgada por el gobierno. La idea que se nos vendió en campaña de convertir a la salud en un derecho exigible, terminó costando la destrucción de un sistema sanitario, si bien defectuoso, había presentado progresos incuestionables previos a la administración federal vigente. Con una ramplona frase de que el seguro popular “ni es seguro ni es popular” y sin ningún análisis, se eliminó de un plumazo una institución que finalmente quedó sin ser reemplazada. Quienes fueron derechohabientes de aquel esquema el día de hoy son nadahabientes; es decir, carecen de la más elemental atención médica. Hoy no pueden recibir ni atención por un médico general con capacidad para brindar orientación eficiente, razón por la cual las cadenas de supermercados están invirtiendo en clínicas; es decir tienen asegurado un mercado de 50 millones de personas nadahabientes que se verán en la necesidad de pagar atención privada al menor costo posible.
En un esquema que, como mencioné, parece viciado de origen en virtud de que esas tiendas ofrecen también medicamentos, lo que resulta evidente es la paupérrima calidad de atención médica que ahí se otorga. Por supuesto, supongo que algunos de los médicos que laboran en esas instalaciones intentan dar lo mejor de ellos a favor de la persona enferma, ocupándose además de mantener sus conocimientos vigentes, pero al mismo tiempo seguramente existen otros cuyas motivaciones tienen que ver con la supervivencia, bajo un esquema del mínimo esfuerzo, poniendo en peligro la vida y la integridad de quienes acuden con la intención de resolver un problema de salud. La certeza de que hoy existen ambos extremos y un sinnúmero de situaciones intermedias, es saber que el mecanismo carece del más elemental control de calidad. Nadie supervisa el trabajo de los profesionales, no hay quien exija números y estadísticas, no existe un mecanismo para verificar diagnósticos, no existe forma de dar seguimiento a cada paciente, no hay controles de laboratorio o de resultados de anatomopatología, y un largo grupo de etcéteras que podrían caracterizar un sistema de control de calidad de la atención.
No quiero ni imaginarme como se llevará a cabo el control de una persona con diabetes y cardiopatía isquémica, qué tipo de medicamentos le prescriben, bajo cuáles criterios se decide articular el control metabólico, y así con cada enfermedad o padecimiento de los muy comunes en nuestro querido México. La diabetes mellitus es tan frecuente que sabemos que hoy más de 10% de la población nacional vive con diabetes; entonces debe haber cerca de cinco millones de personas del grupo de nadahabientes cuyo control lo llevan a cabo los médicos de las farmacias o del supermercado.
Si en las instituciones públicas existen dificultades para medir la calidad de la atención que se otorga, bajo el esquema descrito, es hoy una labor francamente imposible. Remontar lo perdido en estos seis años nos costará muy caro y muchos años del trabajo de un ejército de profesionales.
