La violencia obstétrica que sí existe

Mis colegas se imaginan a una compañera ginecóloga blandiendo un arma blanca para amenazar a una paciente para hacerse de sus bienes o algo similar, nada más alejado de la realidad.

Como le he comentado en múltiples ocasiones, las sociedades de profesionales de la ginecología y obstetricia, frecuentemente se sienten ofendidas por el término de violencia obstétrica. Personalmente pertenezco a algunas de ellas, porque es mi especialidad y vocación, entonces entiendo muy bien el argumento. Mis colegas se imaginan a una compañera ginecóloga blandiendo un arma blanca para amenazar a una paciente para hacerse de sus bienes o algo similar, nada más alejado de la realidad.

El término nace conectado a la discriminación sistemática de que son objeto las mujeres en general en la sociedad occidental, y especialmente en México en todos los ámbitos, incluyendo, por supuesto, la atención médica. El médico o la médica somos figuras de autoridad evidentes porque tenemos el conocimiento de la fisiología y la enfermedad humana, con posibilidad de aliviar o curar, para lo cual, el enfermo o enferma debe seguir nuestras indicaciones. Ésta es la descripción simple de nuestra actividad y trabajo profesional, y hasta hace pocos años no existía mucha discusión respecto al sentido de la responsabilidad descrita, pero con el devenir del movimiento de los derechos humanos, ligado al feminismo como forma de reivindicación de los derechos de la mitad de la población discriminada, surgen principios como el de autonomía de la paciente, y bajo esa nueva perspectiva, es ella quien debe decidir el tratamiento.

Hablando del asunto del embarazo, la mujer tiene muchas cosas que decidir. En principio, tiene el derecho de decidir interrumpir o continuar la gestación, el embarazo forzado cada día nos parece a la mayoría de las personas absurdo y abusivo, por ello, las leyes deben garantizar el derecho a decidir de cada mujer bajo sus principios morales.

Ahora bien, hablando del embarazo de término, tiene todo el derecho a decidir si quiere intentar un parto vaginal o si prefiere una cesárea programada, eso sí, debe hacerlo en libertad plena, para lo cual requiere tener toda la información científica pertinente y demostrada con relación a la forma de nacimiento de su hijo o hija, incluso debe poder elegir al momento del nacimiento de su vástago.

Cualquier situación que se aleje de los principios mencionados puede llegar a constituir alguna forma de violencia, que, por supuesto, podría ser castigada en función de su gravedad. Un ejemplo: imaginemos a una mujer al final de la gestación, sin trabajo de parto, con deseos de intentar un parto vaginal, pero el médico inventa alguna situación ficticia para extraer al feto por cesárea en vista de que tiene vacaciones programadas con su familia.

Casi todas las personas tienden a ser “comprensivos” con el médico o la médica, argumentando que tenemos derecho a gozar de algún descanso, y yo por supuesto estoy de acuerdo, pero a lo que no tenemos derecho es a atropellar la decisión de la mujer echando mano de un engaño. En todo caso, la actitud ética y no violenta sería comentar el asunto con la mujer y que sea ella quien decida si quiere una cesárea o quedarse a cargo de otro profesional que pudiera atender el parto.

Esta forma de “violencia obstétrica” sí existe, es cotidiana y debemos actuar para que deje de ocurrir en todos los ámbitos de la atención médica. La sociedad merece una discusión amplia y abierta sobre el particular.

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