La responsabilidad social del médico

Ese señor es el dueño único del discurso.

Los valores en la formación del médico históricamente han permanecido matizados por un enfoque derivado de la religión, de tal manera que la entrega incondicional, la mística del trabajo y apoyar a las personas sin esperar nada a cambio, se identifican como principios inalterables que la sociedad, en su conjunto, espera de los profesionales. Un administrador de empresas o un ingeniero en sistemas se sentirían agredidos si alguien les planteara que los necesita, pero a cambio de nada, y realmente son profesiones análogas en muchos sentidos.

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La salud es una necesidad primaria, de tal forma que dados esos valores, y el sacrificio que implica la formación del médico, la mayoría de los médicos y médicas tenemos hasta lo más profundo del alma el ánimo de ayudar a personas en desgracia, aunque no nos puedan pagar, y lo más interesante es que lo hacemos de forma sistemática.

En las conversaciones informales entre nosotros es muy común que aparezca la figura del paciente “que no paga nada” al que en todos los ámbitos atendemos con cordialidad. Por supuesto, la sensibilidad social proviene también del famoso “servicio social”; un año al final de nuestra carrera que, obligatoriamente, debemos destinar al apoyo de alguna comunidad aislada durante el cual enfrentamos la dura realidad de la pobreza a lo largo y ancho de la geografía nacional.

Debo mencionar que ninguna otra profesión contempla un servicio de esas características, lo cual resulta explicable sólo por la ventaja que representa para el gobierno contar a esos pasantes de Medicina como parte de la estructura que brinda atención financiada por el Estado. Por supuesto ese servicio, entendido de esa forma, es una injusticia mayúscula, en primer lugar, para la población que merece un médico ya formado y, en segundo lugar, para los estudiantes a los que se les obliga prácticamente a trabajar gratis, asumiendo responsabilidades que no deberían afrontar.

Bajo esa óptica, resulta francamente un insulto que el Ejecutivo federal nos descalifique afirmando estúpidamente que somos un grupo que deseamos “enriquecernos lucrando con la salud”, como lo ha dicho en múltiples ocasiones. Una persona que no hizo un servicio social como el nuestro, que no entiende que, además de trabajar gratis o con los salarios miserables del sector público, hemos arriesgado la vida atendiendo pacientes de una infección nueva y viendo morir colegas, carece de la mínima autoridad moral para criticarnos.

Estoy muy consciente de los abusos de algunas empresas al vender servicios médicos, pero eso existe por un Estado omiso en cuanto al cumplimiento de sus obligaciones en términos de brindar atención de calidad.

Hoy resulta que ese señor es el dueño único del discurso a favor de los pobres. Es ridículo.

En cambio, el rotundo fracaso de la institución de salud que propuso el gobierno (el Insabi) refleja claramente una incapacidad absoluta para asumir las responsabilidades en términos sanitarios de la actual administración federal. Las llamadas corcholatas, término, por cierto, muy despectivo, tendrán que mostrar alguna solución viable para el desastre que dejará el gobierno actual.

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