La doctora Mariana Sánchez
Se trataba de una pasante de medicina preocupada por cumplir el servicio social
Me refiero a Mariana Sánchez como doctora, porque el término está correctamente aplicado según la Real Academia de la Lengua Española, en vista de que no sólo se refiere a quien alcanza el máximo grado de estudios universitarios, sino también a quien ejerce la medicina y Mariana Sánchez se encontraba realizando esa actividad cuando fue brutalmente asesinada.
A pesar de que no la conocí, estoy seguro por completo de que se trataba de una joven mujer con obvia voluntad de superación, esperanzas y decisión, porque nadie sin esas condiciones aceptaría nunca hacer un servicio social como
el que se nos exige a los médicos.
Sólo a nosotros se nos exige una actividad con esas características al terminar los estudios de licenciatura. La inmensa mayoría de los médicos y médicas deben acudir a comunidades aisladas, frecuentemente incomunicadas, en condiciones francamente miserables, sin salario, y sujetos a los caprichos de jefes jurisdiccionales, que, en muchos casos, cumplen con su función de organizar la salud comunitaria, pero, en otros, se convierten en personajes indolentes y abusivos.
Los años que tengo ejerciendo la medicina me brindan los elementos para afirmar categóricamente que Mariana no padecía ningún trastorno sicológico que pusiera en peligro su vida, simplemente bajo esas condiciones nunca hubiera acudido a Chiapas.
Se trataba de una pasante de medicina preocupada por cumplir el servicio social, con el objetivo claro de obtener el deseado título universitario y frente a un escenario de acoso sexual de algún sátrapa criminal, protegido por las autoridades locales, intentó controlar la situación con los elementos que tenía a la mano.
Por supuesto, no fueron suficientes, y lejos de controlar aquella situación desató la furia del impune delincuente, que, mediante la complicidad con un sistema de administración de justicia pueblerino y corrupto, borró las huellas de su cruel delito, incluso hasta obtener la cremación prematura del cadáver de su víctima; lo que sería un escándalo en cualquier país civilizado.
Por supuesto, celebro que la secretaria de Gobernación, Sánchez Cordero, exprese su indignación frente al artero crimen, pero tristemente no basta con eso para abordar un problema estructural tan grave como la enorme y creciente cantidad de feminicidios que quedan en la impunidad en el México contemporáneo.
Se necesitaría voluntad política para que el Estado en su conjunto presentara una estrategia clara, por supuesto con elementos policíacos y de persecución de delitos, para atajar un problema tan grave, pero al contemplar a un presidente como López Obrador, a quien no parece interesarle el tema, resulta francamente desalentador y frustrante.
Parece que a la 4T le resultan tan intrascendentes los delitos contra las mujeres, tanto, que no ameritan siquiera una mención en la máxima tribuna del país, que es hoy, la conferencia mañanera.
¿No existe nadie que pueda hablar con el Presidente? porque es muy claro que a los ciudadanos no nos escucha.
