La curiosa historia del fórceps

Antes, las mujeres morían en el parto con facilidad.

Cuando se menciona la palabra fórceps, hablando de partos, normalmente a todas las personas les desencadena una reacción de miedo, mezclada con algún grado de aversión a lo que imaginan que es un instrumento de tortura.

Se trata de un instrumento diseñado en el siglo XVI en París por dos hermanos de apellido Chamberlain y consiste en dos hojas independientes que se colocan rodeando la cabeza del feto que se debe encontrar dentro de la pelvis de la mujer, y tiene dos curvaturas: una que se adapta a la forma de la cabeza del feto y la otra, externa, se adapta a la pelvis femenina. Obviamente cada hoja tiene una extensión también metálica, que permite frecuentemente que se articulen ambas y brinda la posibilidad de que el médico o médica ejerza tracción, idealmente de forma controlada y gentil, para facilitar el nacimiento.

En aquella época las mujeres morían en el parto con una facilidad pasmosa, no se habían identificado, por ejemplo, las razones de la llamada fiebre puerperal, que no era otra cosa más que una infección posparto causada por un medio sumamente sucio donde ocurrían los nacimientos y no fue sino a mediados del siglo XIX cuando se identificó que las manos sucias de los médicos que atendían los nacimientos eran la razón de una mortalidad después del parto de cerca de 30%.

Pero a estos tristes eventos había que sumar las muertes maternas causadas por partos prolongados u obstruidos, sin posibilidad de ayudar a las parturientas. Bajo esas circunstancias, y seguramente derivado de la observación de muchos nacimientos, es que los citados hermanos inventan y fabrican el primer instrumento con esa finalidad.

Por razones no suficientemente aclaradas mantienen en secreto su invento, incluso existen anécdotas en las cuales se menciona que acudían a la casa de la parturienta con una cantidad enorme de instrumentos y máquinas que provocaban un infernal ruido, con la única finalidad de engañar respecto del uso del fórceps e impedía que nadie fabricara nada siquiera parecido.

Quizá la intención era sólo preservar el invento como propio e impedir que se replicara, pero también cabe la posibilidad, me atrevo a proponer, que pretendían evadir la responsabilidad en caso de que aquel aparato no consiguiera solucionar el problema o lo hiciera peor.

El hecho es que la familia conservó el secreto hasta dos generaciones posteriores, que se siguieron dedicando a la obstetricia y fue hasta mediados del siglo XVIII cuando se dio a conocer a la comunidad médica el instrumento, que todavía permanecía escondido en algún ático. Ese primer instrumento se encuentra hoy en exhibición en el Royal College of Obstetricians and Gynaecologists de Londres, en una vitrina como parte de la historia de la especialidad.

Aquí el espacio no me permite hablar acerca del devenir histórico contemporáneo del instrumento, pero sólo voy a mencionar que está prácticamente condenado al abandono total, por la simple razón de que las nuevas generaciones de especialistas en ginecología y obstetricia no tienen manera de aprender el uso del mismo.

Si bien es cierto que están estigmatizados, también es cierto que, utilizados en algunas pocas ocasiones y con los cuidados pertinentes, podrían salvar la vida de algunos fetos y madres; pero así es la historia de la medicina, nunca será perfecta.

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