La batalla perdida contra las bacterias
Las bacterias causantes de enfermedades son una enorme minoría respecto de las existentes.
Desde hace un par de años hemos hablado en este espacio acerca de un fenómeno que se veía venir, pero que hoy es una realidad, los gérmenes resistentes a todos los antibióticos conocidos.
Existen dos hechos fundamentales responsables del aumento en la esperanza de vida de la humanidad, el primero fueron las vacunas, que extrañamente con la pandemia vigente aparecen millones de personas que se niegan a recibir el biológico y el otro hecho es el desarrollo de antibióticos a partir de la penicilina.
Las bacterias causantes de enfermedades en el ser humano son una enorme minoría respecto de las existentes, y como todas las demás poseen mecanismos sofisticados que les permiten adaptarse frente a ambientes hostiles para ellas, como sería el uso indiscriminado de antibióticos.
Estos compuestos generalmente afectan la fabricación de alguna molécula que les resulta indispensable para sobrevivir o para replicarse, de tal forma que pronto aparecen variantes genéticas que utilizan una vía alternativa.
Desde la aparición de la penicilina y el inicio del uso sistemático, las bacterias iniciaron sus mecanismos para evadir la acción de la misma de forma que se estableció una especie de carrera contra la ciencia.
Durante la mayor parte del siglo XX, los laboratorios
de fabricación de medicamentos fueron un paso adelante de los gérmenes, lo que permitía contar con fármacos actualizados. Poco a poco los medicamentos van perdiendo vigencia hasta el extremo en el que algunos hoy, casi no tienen ninguna utilidad, la ciencia médica entonces los abandona.
Desde hace unos veinte años, la industria farmacéutica colocó la mirada en el desarrollo de otros grupos de medicamentos que resultan mucho más rentables; menciono el ejemplo de los diseñados para el tratamiento del colesterol elevado, trastorno cada día más común en sociedades compuestas por individuos sedentarios y con excesivo consumo de calorías.
Dichos fármacos son mucho más caros que casi cualquier antibiótico y lo más importante es que el “cliente” (el enfermo) los consumirá durante periodos de tiempo prolongados. Poco a poco fueron abandonando el desarrollo de nuevos antibióticos hasta llegar al punto en el que estamos hoy, es decir, la batalla perdida contra las bacterias.
Cada día aparecen casos nuevos de personas con infecciones comunes, como la neumonía o la diarrea, pero causadas por bacterias que resisten absolutamente a todos los antimicrobianos existentes.
Hoy han muerto más de un millón de personas en el último año víctimas de dichas enfermedades. Infecciones del pulmón que hasta hace poco tiempo no nos quitaban el sueño, hoy nos tenemos que preguntar si no es causada por una bacteria resistente. Infecciones urinarias que hasta hace poco tiempo eran fáciles de tratar hoy pueden ser una amenaza inminente para la vida.
La industria nos ha responsabilizado a los médicos afirmando que abusamos de dichos fármacos provocando así la resistencia bacteriana, pero casualmente nunca mencionan el uso indiscriminado y con dosis descontroladas en la industria pecuaria, a quienes ellos dotan con cantidades no registradas de los medicamentos.
Esos hechos, aunados a la negativa de los laboratorios para invertir en el desarrollo científico de nuevas moléculas está colocando a la humanidad en un riesgo inminente que puede resultar mucho peor que el covid-19. Ojalá los gobiernos entiendan que tienen una responsabilidad para obligar a la industria.
