Estimado Ruy

No encuentro hoy a un médico de tu tiempo con una obra publicada tan vasta e interesante.

Hoy México está de luto. Perdimos a un personaje central de la clase intelectual, insustituible por razones muy complejas. Alguien que inspira una cantidad interminable de anécdotas que hoy podemos leer en muchos medios sólo traduce el impacto de un personaje en la sociedad.

No hay forma razonable de resumir o sintetizar tus aportaciones al pensamiento médico contemporáneo, aquí sólo tengo la intención de hablar de la perspectiva liberal.

Recuerdo algún comentario tuyo, quizá hace un par de años, afirmando categóricamente que después de la muerte no hay nada, con una convicción absoluta, hecho especialmente notable en alguien que, por edad, se encontraba cerca del final de la vida.

Tus convicciones en ese sentido eran contundentes, fundadas en un claro razonamiento con base en las evidencias, sin tendencias e intentando evitar cualquier sesgo.

Tu sentido para entender los argumentos independientemente de quien los emitiera he de decir que me consta. Al momento de discutir contigo temas tan delicados para la sociedad, como el aborto, tus posiciones intelectuales eran severas en su rigurosidad y preclaras en las conclusiones.

Hablamos en muchas ocasiones del derecho humano de las mujeres a la reproducción sin que deba interferir nadie y tus afirmaciones eran evidentes. Las legislaciones tienen la obligación ética de respetar la destrucción de cada mujer en ese ámbito. Tu entendimiento del significado de la muerte digna, que estoy seguro la propiciaste con la tuya, la explicaste con brillantez en muchos de tus textos.

El rigor lógico de cada párrafo emanado de tu pluma es roca sólida, inquebrantable y de muy difícil contradicción.

No encuentro hoy a un médico de tu tiempo con una obra publicada tan vasta e interesante.

Por fortuna hace algunos años escribí un pequeño texto acerca de un merecido reconocimiento que te otorgaron desde el gobierno.

Cierro este pequeño homenaje mencionando que es la primera vez que me atrevo a hablarte de tú, pero el dolor y la cercanía que quiero conservar cerca del alma me condujo a este atrevimiento.

Eres de hoy y de siempre. Enorme abrazo, querido Ruy Pérez Tamayo.

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