El uso libre de la semaglutida
Hace un par de días, en El País publicó una extensa entrevista al doctor Daniel Drucker, que se ha hecho acreedor a múltiples premios en medicina por haber sido uno de los creadores de la semaglutida, que se comercializa con el nombre de Ozempic. El fármaco se ...
Hace un par de días, en El País publicó una extensa entrevista al doctor Daniel Drucker, que se ha hecho acreedor a múltiples premios en medicina por haber sido uno de los creadores de la semaglutida, que se comercializa con el nombre de Ozempic. El fármaco se descubrió como un aporte sustantivo en el manejo de la diabetes mellitus tipo 2, es decir, la que no ocurre por deficiencia de insulina, sino por la resistencia de los tejidos a la acción de esa hormona.
Este tipo de diabetes se asocia casi siempre con sobrepeso y obesidad, que significan una epidemia catastrófica en el mundo occidental con una serie enorme de enfermedades asociadas, además de la diabetes. Hoy sabemos que la obesidad incrementa el riesgo de infartos, de enfermedad vascular cerebral y prácticamente todos los tipos de cáncer.
El fármaco, casi desde que se inició su uso cotidiano, facilita la disminución de peso por su mecanismo de acción, hecho que condujo al propio Drucker y a muchos otros investigadores a probarlo en otras enfermedades; ya existe publicado un estudio grande en el que se prescribió el medicamento a un grupo de personas sin diabetes, con obesidad, y después de tres años se observó una disminución muy importante de infartos y enfermedades del corazón en comparación con personas con el mismo peso que no recibieron el fármaco. Desde luego esos hallazgos justifican el tratamiento en ese grupo de personas con obesidad y factores de riesgo para enfermedad coronaria, pero la pregunta ética que sigue es muy interesante, ¿podemos prescribir el medicamento a personas por completo sanas que sólo desean adelgazar?
La historia reciente tiene un ejemplo interesante con otro fármaco para la diabetes, la metformina que, al día de hoy muchas personas sanas la toman por su efecto antienvejecimiento, y resulta difícil argumentar que no deben hacerlo. Efectivamente existe, como con cualquier fármaco, algunos riesgos asociados a la metformina, pero sus beneficios parecen muy superiores; entonces quizá estamos siendo testigos de un nuevo medicamento con características similares que, quizá, se pueda utilizar en personas sanas, preocupadas por su bienestar a largo plazo.
También se publicaron hace poco datos en el sentido de la mejoría de personas con hígado graso a las que se les prescribió semaglutida y mejoraron, incluso las que no disminuyeron de peso.
Las preguntas que le hicieron a Drucker en el sentido del uso libre del medicamento terminaron en la respuesta de un científico, es decir, el autor se decanta por el uso del fármaco en las situaciones en las que exista suficiente evidencia científica para sustentarlo y no aconsejarlo como una solución general para el sobrepeso o la obesidad.
Su respuesta fue muy clara, como sociedad tenemos la obligación de entender los mecanismos que condujeron a la epidemia de obesidad, para combatirlos antes del uso generalizado de medicamentos muy caros, como es en este caso.
