El principio de autonomía en bioética

• La obligación del galeno consiste en asegurarse, en la medida de lo posible, el entendimiento cabal por parte del paciente respecto de cada camino en la atención médica, para finalmente acompañar y brindar las mejores oportunidades.

Uno de los principios más interesantes en cuanto a la atención médica está relacionado con la posibilidad que tenemos todas las personas para decidir todas las condiciones, tanto de nuestro estilo de vida, como las relacionadas con el fin de la misma.

En cualquier sociedad que manifiesta respeto por la democracia y los derechos humanos fundamentales, este asunto se convierte en un valor naturalmente asociado con dichos principios y, por tanto, tiene un impacto directo en la relación médico-paciente. 

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Cada día debemos estar más distantes de la vieja concepción del médico como autoridad incuestionable que dictaba los tratamientos, resultando inapelable su punto de vista.

Hoy debemos entender que la perspectiva del enfermo es la más importante, por la simple razón de que es él o ella quien sufre y, por lo tanto, es quien tiene siempre la última palabra, a pesar de que el galeno no comparta sus conclusiones. 

Tomemos el ejemplo de un paciente con un tumor maligno que pudiera ser retirado quirúrgicamente, pero ella se niega a ser intervenida. Frente a esta situación existen dos posibilidades evidentes: la primera explicación es que podría ser un defecto en la comunicación del médico, quien no ha sabido escoger correctamente el lenguaje y las palabras para que la enferma pueda tomar una decisión sensata y, la segunda, pudiera consistir en una decisión consciente de la paciente, quien prefiere morir a ser mutilada a pesar del punto de vista del médico. 

Frente a este dilema, la obligación del galeno consiste en asegurarse, en la medida de lo posible, el entendimiento cabal por parte del paciente respecto de cada camino en la atención médica, para finalmente acompañar y brindar las mejores oportunidades en la ruta elegida por quien padece la enfermedad; a pesar de que él piense que “está equivocado”.

Lo único inaceptable es intentar imponer su punto de vista o abandonar al enfermo o enferma porque no tomó la “decisión correcta”. En todo caso, si el galeno no está de acuerdo, podría ejercer su derecho a la objeción de conciencia, por supuesto, estando seguro de referir a la persona a otro médico con iguales o mejores capacidades y dispuesto a acompañar al paciente en el camino elegido. 

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Por supuesto, la actitud que describo implica que la relación médico-paciente debe ser cada día más horizontal, abandonando las actitudes paternalistas e impositivas que tuvieron mis maestros en su ejercicio profesional, y como todo abandono del poder, cuesta trabajo, pero no existe otro camino razonable para el progreso. 

Claro que aceptar el principio de autonomía y respetarlo en la práctica médica diaria también implica una corresponsabilidad de la enferma y el médico en cuanto al resultado, es decir, el paciente debe entender también que asume los riesgos y responsabilidades de su camino, aunque le cueste la integridad, incluso la vida, pero, personalmente he tenido muchas sorpresas muy gratas al apreciar la enorme capacidad que poseen mis pacientes para tomar decisiones, además de encontrar muchas condicionantes que desconocía, pero que explican claramente el camino elegido. 

Ojalá cada día más colegas asuman estos valores como parte fundamental de la práctica médica. 

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