Es por completo cierto que muchas de las actividades humanas provocan daños a la naturaleza cuyo impacto resulta difícil de evaluar; pero es un hecho que, por ejemplo, deberíamos dejar de comer animales. La ganadería, la caza y la pesca tienen consecuencias en extremo dañinas sobre la biósfera; si fuéramos lo racionales que pretendemos, habría que prohibir ese consumo.
El transporte humano sigue descansando principalmente en quemar combustibles fósiles, cuyas secuelas son también tremendas, hasta un grado francamente alarmante y todo lo que implica extraer dichos combustibles resulta también catastrófico en términos de medio ambiente.
El dilema consiste, como en muchas decisiones políticas, en la productividad económica de la obtención de esos combustibles. Dentro de la gama de los mismos hay diferencias. El gas tiene una combustión mucho mas completa que las gasolinas o el diésel, por lo que contamina proporcionalmente menos, pero hace relativamente pocos años se inventó una nueva técnica para extraer de forma mas eficiente gas de pozos profundos, inyectando agua a presión, lo que provoca la ruptura de rocas que rodean al yacimiento liberando una mayor cantidad de gas o petróleo, incluso.
Hasta aquí parece racional emplear la técnica, hasta el momento en el que evaluamos el impacto en las poblaciones humanas. En primer lugar requiere de enormes cantidades de agua (que seguramente afectará a las personas que viven cerca) para poder inyectar al pozo, y en segundo término los expertos en medio ambiente señalan la posibilidad de contaminar los mantos freáticos que le brindan agua a la población; amén de la enorme cantidad de energía que se gasta en el proceso.
Países como Estados Unidos o Canadá han empleado la técnica desde hace ya algunos años y México ha postergado su uso, justamente por evaluaciones éticas del tema. Hoy aparece de nuevo porque, finalmente, tenemos una empresa estatal productora de petróleo y gas, que debemos hacer productiva, y han aparecido mejoras tecnológicas del proceso del fracking que parecen menos dañinas con el medio ambiente.
Tarde o temprano tendremos la necesidad de discutir como país la conveniencia de utilizar, quizá por un tiempo perentorio, esta tecnología, desde luego si encontramos lugares en el país en los que se limiten las consecuencias sobre las personas.
Exactamente ése es el papel del pensamiento ético, se trata de arribar a las mejores conclusiones, con el menor daño posible, maximizando los beneficios para el país. Ojalá podamos asumir la discusión sin apasionamientos estériles.
