Decisiones al final de la vida y COVID-19
Ya tenemos pruebas evidentes del llamado Síndrome de Burn Out en muchos profesionales de las terapias intensivas en Italia o España, ocasionado por el trabajo tan intenso y por estar enfrentados a estas decisiones en forma de avalancha de enfermos
Existen, durante la atención médica de pacientes en extrema gravedad, situaciones que debe decidir el equipo de salud, idealmente con el enfermo y su familia, respecto de atención muy invasiva como el uso de ventiladores tan invocados hoy por la epidemia en la que estamos inmersos.
La gente en general está percibiendo a los ventiladores que se usan en las unidades de terapia intensiva como el único instrumento que puede salvar la vida del enfermo grave y, por supuesto, no es así.
Esos equipos constituyen sólo una parte del funcionamiento de múltiples tecnologías que le permiten al grupo médico sostener la vida de un enfermo, que significan múltiples invasiones al organismo, además del uso de fármacos de difícil manejo y cada uno de esos elementos contiene un riesgo intrínseco.
Son tantas las invasiones, es tan complicado el manejo de toda la unidad de terapia intensiva que, desde hace mucho tiempo, se cuenta con un criterio muy claro para el ingreso a las mismas, que parte del principio inalterable de que debe tratarse de un paciente recuperable. Es decir, de alguien que posee, por sus condiciones generales, la posibilidad real y demostrable de que su organismo va a resistir tanto la enfermedad como las múltiples agresiones que significan el uso de la tecnología.
Por mencionar sólo un detalle, el enfermo debe tener drenaje de la vía urinaria continuo en virtud de que se encuentra sedado y con fármacos que bloquean la acción de los músculos. El solo uso de la sonda urinaria tiene el riesgo de ser una vía de entrada de bacterias oportunistas que pudieran causar la muerte del paciente.
Así también se colocan catéteres que van hasta el corazón del paciente tanto para la administración de fármacos como para tomar todos los exámenes continuos que permiten monitorizar sus constantes vitales. En caso de tratarse de un enfermo con otros padecimientos previos o adicionales al COVID-19 o condiciones de franco deterioro en sus capacidades y fortaleza, no debe aconsejarse el ingreso a estas unidades por la simple razón de que es altamente probable que fallezca y en caso de que eso no suceda en pocas horas, quizá ya nunca se pueda retirar del ventilador porque carece de la fuerza mínima indispensable para reponerse.
En suma, el ventilador no es una herramienta universal que se pueda usar siempre, y a pesar de que se les aplique a las personas con posibilidad de salvar la vida, habrá muchos que fallezcan, no por falta de capacidad de los médicos, sino por lo agresivo del padecimiento.
Ya tenemos pruebas evidentes del llamado Síndrome de Burn Out en muchos profesionales de las terapias intensivas en Italia o España, ocasionado por el trabajo tan intenso y por estar enfrentados a estas decisiones en forma de avalancha de enfermos. Incluso, hay hospitales en París que no aceptan pacientes mayores de 70 años para resucitación. A pesar de que en México los números parecen mostrar que no vamos en la misma tendencia que aquellos países, vamos a enfrentar situaciones parecidas en nuestras más limitadas (por el número de camas) terapias intensivas.
Seremos testigos a corto plazo de quejas de familiares de personas que van a fallecer sin haber tenido nunca un ventilador, pero es irremediable. Es imposible salvar a todas las personas; el comportamiento del virus está demostrando una capacidad para destruir la función pulmonar de muy pocos proporcionalmente, pero cuando ocurre es una catástrofe; y los médicos no somos dioses ni los ventiladores la salvación.
