Cesárea post mortem

Se requiere de un gobierno a quienes las víctimas no le interesan y no ven en la población el motivo de su trabajo.

El grupo de profesionales que nos dedicamos a la obstetricia y atendemos cotidianamente a mujeres embarazadas, tenemos especial temor de enfrentar una situación extrema llamada cesárea post mortem.

Las circunstancias que pueden conducir a tener que extraer el feto de una mujer que acaba de morir ocurre excepcionalmente por complicaciones de la gestación o enfermedades muy graves que desembocan en la muerte de la madre, y en donde tenemos sólo algunos minutos para extraer al feto con vida. 

En el momento del fallecimiento, el organismo materno cesa las funciones que le permiten vivir al feto, es decir, el aporte de oxígeno, la nutrición y la temperatura estable que tiene dentro del seno materno.

Nunca imaginé tener que escribir acerca de una situación extremadamente dolorosa, producto de una conducta que raya en la barbarie más abyecta, francamente inimaginable.

La sociedad mexicana ha sido testigo, francamente silencioso, de una serie de crímenes que ni en el cine más violento se han descrito. Hay, por lo menos, tres casos reportados de secuestros de mujeres embarazadas, cerca del término de la gestación; secuestradas para apoderarse del feto, extraerlo de sus cuerpos con fines delictivos.

Desde el punto de vista de la mecánica del delito, existirían dos posibilidades: la primera es que los criminales asesinen primero a las mujeres, para, en el término de pocos minutos, hacer una cesárea (probablemente con instrumentos no quirúrgicos) y, la segunda y más escalofriante, es que hayan efectuado la cesárea con la mujer viva, falleciendo a consecuencia del inenarrable acto violento.

Dado que nuestros criminales no se caracterizan por educación o conocimientos técnicos, pienso que la más probable es la segunda explicación.

Ni en países en guerra he visto reportes de esa magnitud de crueldad, no logro entender los razonamientos ni los motivos para que alguien, en su sano juicio, arribe a conclusiones tan aberrantes que los conduzcan a realizar dichos actos; lo que sí sé es que se requiere de un grado de descomposición social extremo, de autoridades en todos los niveles de gobierno, a quienes no les interesa, ni mucho menos les conmueva, que la población sea víctima de actos tan atroces.

Se requiere también de unos índices de impunidad elevadísimos que les permiten a los delincuentes suponer, con razonable exactitud, que no les va a pasar nada. Se requiere de un gobierno  al que las víctimas no le interesen y no vea en la población el motivo de su trabajo.

Pero me sorprende aún más la indiferencia de la sociedad; las notas periodísticas aparecieron un par de días, pero ya al momentoque escribo estas líneas (10 de diciembre del 2022), prácticamente no aparece información al respecto.

 El campeonato mundial de futbol y la discusión sobre el futuro del INE constituyen las cabeceras de la prensa. Se me salen las lágrimas al momento de entender que una de las escenas que mayores sentimientos de amor pueden despertar en cualquier ser humano sensato es la de una mujer joven a punto de dar a luz, y hoy en México son víctimas para robarles lo más preciado: un hijo a punto de nacer.

En cualquier país civilizado, con un gobierno normal, sería motivo de escándalos de una magnitud que obligaría a muchos gobernantes a renunciar a sus cargos; aquí ni siquiera merecen la atención del Ministerio Público. Y el Ejecutivo federal sigue sosteniendo una frase que, a la luz de lo sucedido con estas mujeres, es francamente estúpida: “Abrazos no balazos”.

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