Cambios a la fiesta brava
Habría que pensar en el destino final de esos toros.
Desde luego, todos los avances en la sociedad occidental que ponen en evidencia al maltrato a los animales como una conducta indeseable nos hacen pensar que el toreo tiende a desaparecer. Como dicen los expertos taurinos, eso implicará la desaparición de una especie bovina que se seleccionó por sus características de nobleza, fortaleza y ferocidad en el ataque, lo que pone en evidencia el primer dilema. También los expertos en la fiesta son muy enfáticos mencionando que se trata de una manifestación cultural milenaria (desde luego, eso no la justifica) cuya intención no es el maltrato al animal, sino el lucimiento de su nobleza e incluso tiene como uno de sus principios provocar una muerte rápida y con el menor sufrimiento; lo que contrasta con muchos otros ámbitos como los rastros en los que las reses sufren muchas horas hasta ser ultimadas con métodos terribles.
Por supuesto, la discusión es muy amplia, cada persona tiene puntos de vista frecuentemente divergentes y la respuesta en muchas sociedades ha sido la de calificar a la fiesta como un acto salvaje y prohibirla.
Hoy, en México, durante la semana previa, ocurrió algo que me parece interesante. Surgió una propuesta novedosa en la que se podría permitir la fiesta sin causarle heridas al animal y, por supuesto, tampoco la muerte. En principio me parece interesante porque parte del reconocimiento de la contraparte y de permitirle seguir con la tradición, adaptándola a las nuevas realidades legislativas que prohíben causar sufrimiento a la res.
La respuesta a botepronto de los responsables de la Plaza México fue, por supuesto, negativa; argumentan que se modificaría tan hondamente que sería otra cosa; pero quizá es la única forma de conservar algo de lo que han sido las corridas de toros.
En todo el mundo occidental estamos viendo el acotamiento, la prohibición o países en los que ya no existen las corridas de toros. Creo que es momento de que los defensores férreos de la fiesta brava se sienten seriamente a discutir la posible solución. Resulta, desde luego, difícil, pero frente al otro panorama, que sería la prohibición absoluta, quizá valga la pena diseñar una nueva forma de apreciar el arte contenido en la lidia del toro bravo.
Otro de los argumentos centrales de los defensores de la fiesta, en el sentido de la muerte del toro en la plaza, es el hecho de que no es posible lidiar más de una vez a uno de esos ejemplares porque “adquieren sentido” es decir, se dan cuenta del engaño y en la segunda ocasión buscan directamente al torero. Entonces, si se fueran vivos todos los toros, habría que pensar en el destino final de esos toros, que quizá terminarían en el rastro. La solución no resulta fácil, pero ojalá pudiera surgir algo nuevo.
