Analgesia en el parto
Las cifras que presentan países europeos en cuanto a porcentajes de cesárea son mucho mejores que las de México.
México es un país en el que casi la mitad de los nacimientos se atienden mediante operación cesárea, como lo ha mencionado recientemente la autoridad de salud. La explicación del fenómeno no es simple, en virtud de que el nacimiento es un proceso de larga duración y puede ser afectado por una cantidad muy grande de factores.
Sólo por mencionar alguno: el confinamiento hospitalario en las llamadas salas de labor, que obliga a las mujeres a permanecer acostadas, obstaculiza el progreso del trabajo de parto normal, lo que propicia una mayor cantidad de cesáreas.
Cambiar este factor implica desde modificaciones arquitectónicas de las áreas obstétricas hasta cambios en la cultura del personal de salud involucrado para permitir la libre deambulación de las mujeres. Respecto de este punto quiero mencionar, también, el estilo de la analgesia que se le ofrece a las mujeres.
Una de las técnicas más frecuentes es el llamado bloqueo peridural, que consiste en la colocación de analgésicos muy potentes alrededor de las membranas que recubren la médula espinal, bloqueando de esa forma el dolor en la mitad inferior del cuerpo. La técnica es muy eficaz, se utiliza en muchas áreas del orbe con resultados excelentes en términos analgésicos, pero acá, en nuestro país, se utiliza casi exclusivamente un fármaco llamado lidocaína.
Este medicamento es muy bueno, pero presenta una grave desventaja para la mujer en trabajo de parto que consiste en bloquear, además del dolor, las señales nerviosas que permiten el movimiento de los músculos, de tal manera que la mujer no puede mover las piernas y mucho menos caminar, además de que disminuye las contracciones del útero; en suma, obstaculiza el trabajo de parto.
En muchos países europeos se utiliza con mucho mayor frecuencia otro medicamento llamado ropivacaína, con el que contamos en México, que, si bien tiene la desventaja de no ser tan eficaz como analgésico, tiene la enorme ventaja de no afectar la función de los músculos, por lo que las contracciones del útero siguen su curso normal y la mujer puede caminar, moverse y, por supuesto, cooperar mucho mejor en el desarrollo del proceso del nacimiento.
Las cifras que presentan aquellos países en cuanto a porcentajes de cesárea son mucho mejores que las de México. Deberíamos propiciar estos simples cambios que no implican costos tan elevados, pero que, seguramente, pueden redundar en mejoría de la salud perinatal.
Las adecuaciones necesarias en las salas de labor implican inversiones pequeñas para el gobierno; propiciar que las mujeres puedan caminar libremente, permanezcan acompañadas, reciban una dieta y se les trate con respeto son cambios culturales al interior de los servicios obstétricos que costarán trabajo, sin duda, pero tampoco significan grandes gastos. Y, finalmente, favorecer el uso sistemático de la ropivacaína es un asunto normativo, debido a que el fármaco se encuentra prácticamente en todas las unidades hospitalarias y no tiene patente, es muy barato.
Urge señalar un camino sensato, adecuado y lógico. No basta con la formación e incorporación de parteras profesionales a los equipos sanitarios.
