Adiós Arnoldo Kraus... o, ¿hasta luego?

Todas las personas que conocimos a Arnoldo Kraus podemos dar testimonio de su bondad en el trato cotidiano, del aprecio profundo que él sentía por todos y todas a su alrededor, de su actitud empática, nunca derivada de algo artificial. Era uno de esos seres humanos que ...

Todas las personas que conocimos a Arnoldo Kraus podemos dar testimonio de su bondad en el trato cotidiano, del aprecio profundo que él sentía por todos y todas a su alrededor, de su actitud empática, nunca derivada de algo artificial. Era uno de esos seres humanos que desde el primer momento uno podía sentirse verdaderamente afortunado al conocerlo.

Uno de los aspectos que llamó especialmente mi atención fue su sentido del humor, por cierto, frecuente en personas con una inteligencia preclara, y en su caso, además se entremezclaban con una actitud genuinamente tolerante frente a los razonamientos de todos y todas al margen de sus propias convicciones. En alguna entrevista reciente pude leer que se definía a sí mismo como ateo convencido, pero estaba siempre dispuesto a conversar en el tono más amigable con personas con convicciones opuestas, de tal forma que si imagino una conversación con él, partiendo de su convicción respecto a que después de la muerte no hay nada, con un servidor cuya postura se parece más al agnosticismo, donde cabe la posibilidad de que exista algo posterior, y le dijera una frase como “adiós…o, ¿hasta luego?”, me puedo imaginar la sincera sonrisa en su rostro al borde de la carcajada, y es así como lo quiero recordar para siempre.

Es una de esas pérdidas que duele hoy y dolerá siempre; lo considero uno de los médicos más importantes del país, con aportaciones en todos los aspectos del ejercicio de la profesión, pero desde luego las más interesantes desde el punto de vista humano y ético de la práctica médica. Su obra es enorme no sólo por la cantidad de textos publicados, sino porque por los poros derramaba voluntad para saber, para discutir, para hablar, para construir un nuevo andamiaje que permita un cambio profundo de la práctica médica, uno en el que todas las perspectivas respecto a la vida y la muerte sean aceptables, un escenario en el que cada persona tenga la libertad para vivir y morir según sus convicciones. Sus aportes permiten pensar que una ética laica es posible y, desde luego, la mejor, porque el valor fundamental es el respeto incondicional a los diversos pensamientos y convicciones del México contemporáneo. Como todo intelectual que se respete nunca dejó de ejercer la crítica, pero con un sentido profundo de aportar.

Descanse en paz, mi amigo, colega y admirado Arnoldo, un hombre de su tiempo, cabal, íntegro en el más amplio sentido de la palabra, admirado no sólo por mí, como queda claro con la enorme cantidad de personas que han manifestado su pesar. Le mando un abrazo, por si está en algún lado.

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