Acapulco y Joaquín Sabina

Desde la infancia todos sabemos que ahí está. Lo tenemos al alcance de la mano, podemos ir fácilmente, ya sabemos lo que encontraremos.

Ya estoy cansado de escribir respecto de hechos tristes, pero es el tiempo que nos tocó vivir. Anoche tuve la oportunidad de acudir al concierto de Joaquín Sabina, cuyo gusto por México es bien conocido, y acá le tenemos un respeto y admiración bien ganados. Al salir a escena, las primeras palabras del andaluz fueron en solidaridad con los habitantes de Acapulco y creo que sólo nos quedó a deber algo muy importante: no cantó el Pirata cojo; por lo demás fue uno de los mejores conciertos que le he escuchado. Cada vez que lo leo y escucho, recuerdo mi viaje a Andalucía y me convenzo más de un argumento que he sostenido durante muchos años: México es Andaluz o, para decirlo como ellos “E andalú”.

Saliendo del evento nos dirigimos al hogar, donde tuve un sueño poco reparador; me asaltaron sueños con imágenes de desastres, como si estuviera en una zona de guerra, pero yo sabía que se trataba de Acapulco, lugar emblemático para todas y todos los mexicanos.

Desde la infancia todos sabemos que ahí está. Lo tenemos al alcance de la mano, podemos ir fácilmente, ya sabemos lo que encontraremos, siempre existe alguna expectativa acerca de la comida, siempre tenemos un pendiente de algún lugar al que queremos acudir, siempre sabemos que podemos descansar, siempre nos ofrece un panorama francamente espectacular.

Resulta en extremo doloroso e impactante apreciar las pocas imágenes que tenemos desde el miércoles, una ciudad que parece la Franja de Gaza, destruida aquella por la mano del hombre. Parece que en Acapulco nada quedó en su lugar, el azote de un fenómeno meteorológico que, dicen los expertos, se intensificó en parte por el cambio climático resultó en una catástrofe de dimensiones inenarrables.

También todos los habitantes de este país sabemos del contraste social subyacente; hoteles y lugares en extremo lujosos conviven con una población empobrecida históricamente porque han sido objeto de abusos continuados y sistemáticos, gobiernos van y vienen de todos los colores y ninguno ha aportado nada sustantivo que permita elevar el nivel de vida de esa enorme masa de personas que viven en casas de cartón o de lámina. La angustia, entonces, es peor, si los edificios lujosos fueron arrasados, ¿qué puede haber ocurrido con esa población que vive en pobreza? Tristemente debo reconocer que la única respuesta es la muerte y la desolación.

Cualquier gobierno, frente a una catástrofe es escudriñado respecto a sus decisiones, eso lo debería saber el Ejecutivo federal, y siempre existen decisiones cuestionables, especialmente en fenómenos tan rápidos, pero la respuesta con frases como: “Tuvimos suerte” o sólo hubo “27 muertos” resultan francamente un insulto a la inteligencia.

Hoy me entero que, además, el gobierno está impidiendo el acceso a personas con deseo de ayudar y llevar víveres, y me parece detestable.

Ojalá entienda que debe aguantar críticas, pero hacer todo para que todas las personas que quieran ayudar lo hagan. Al gobierno le toca coordinar y mantener el orden. Así de simple.

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