Eutanasia en pareja

Un matrimonio nonagenario holandés solicitó la eutanasia simultánea debido a circunstancias de salud extremas

Hace algunos días, se publicó en la prensa internacional un caso digno de comentarse, en vista de las implicaciones éticas.

Una pareja de nonagenarios holandeses solicitó la eutanasia simultánea debido a circunstancias de salud extremas. Poco tiempo antes de la demanda, el señor sufrió las secuelas irreversibles de una enfermedad vascular cerebral que lo dejó con graves discapacidades e impedimento para desplazarse, y poco tiempo después, su esposa manifestó los primeros síntomas de demencia senil. Ante el desolador panorama y la cercanía evidente del final de una vida plena, pletórica de dificultades y satisfacciones que lograron afrontar en pareja, y frente al escenario de rechazar la muerte de uno solo, solicitaron a la autoridad sanitaria de los Países Bajos la eutanasia simultánea; solicitud por cierto rara, incluso en aquel país, ante lo cual, el Ministerio de Salud reaccionó de forma piadosa autorizando la poco frecuente solicitud, por lo que ambos murieron en el momento mutuamente acordado.

Francamente, a mí me parece la conclusión de una preciosa historia de amor plena y envidiable. Pocas parejas tienen una oportunidad semejante; se necesitan muchos factores coincidentes para que sea razonable, tanto en edad como en condiciones sanitarias; es decir, si no hubiera enfermedades graves en alguna de las partes, podría significar manipulación por parte de alguno de los dos, pero éste no es el caso.

La demencia senil en alguien de esa edad no tiene pronóstico favorable ni lo puede tener; fatalmente tiende a terminar con la conciencia y las capacidades de pensamiento, goce, amor o dolor, lo que caracteriza a la persona humana, por lo que parece muy razonable solicitar una muerte digna.

 Por otro lado, las secuelas de una enfermedad vascular cerebral, que implica un evento catastrófico en el que se tapó alguna de las arterias que brindan nutrición y oxígeno hacia alguna sección del cerebro, provocando la muerte de las neuronas en esa zona, tampoco tiene, al momento, pronóstico favorable.

 Probablemente alguna de las dos enfermedades pueda tener esperanzas si permitimos el desarrollo de la medicina regenerativa, mediante la cual podemos especular se podrá regenerar alguna sección o secciones del cerebro, con la posibilidad de recuperar las funciones propias de ese órgano; pero mientras eso sucede, lo razonable y racional es brindarle a personas que viven ya sin esperanza sufrimientos inenarrables la posibilidad de una muerte digna y sin dolor.

Necesito subrayar además de que un acto de esa naturaleza traduce amor por la vida y por tus semejantes, estoy convencido de que cualquiera de nosotros, en caso de vernos atrapados en una circunstancia como la de los ancianos, podríamos desear terminar nuestra existencia bajo condiciones amorosas, despidiéndonos de nuestros seres queridos, transitando hacia lo inevitable de la muerte en paz. Me parece que oponerse o negarles la posibilidad puede contener un acto de crueldad, ya que sólo les quedaba encarar sufrimientos; tenemos la obligación de mirar el asunto desde una perspectiva laica con la finalidad de brindar los mayores beneficios a la población.

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