Conviene recordar que el surgimiento del derecho representa para la humanidad una de las más grandes invenciones. Aquella que le ha dado viabilidad a la vida en sociedad. El problema fundamental de un grupo social —de la dimensión que sea— lo representa determinar la relación mando-obediencia.
El elemento natural y más primitivo lo constituye el uso de la fuerza. El derecho nace como una solución para poder resolver los conflictos entre las personas de manera pacífica, con base al establecimiento de normas aceptadas de común acuerdo.
En el ámbito internacional, después de los horrores vividos en la Segunda Guerra Mundial, en 1945 se reconfiguró un nuevo orden internacional. Parecía que la humanidad había aprendido de esa terrible experiencia y se buscaba una transformación basada en la aplicación de principios de derecho para la solución pacífica de las controversias entre las naciones.
Surgieron las instituciones multilaterales y la globalización, que prometían que con base en reglas jurídicas se garantizaría un mejor destino para la comunidad internacional. Sin embargo, la actuación de Rusia, China y sobre todo, Estados Unidos ha venido a cambiar el rumbo.
En la reciente reunión del Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, donde participan líderes mundiales, se han hecho delicados pronunciamientos que obligan a la reflexión.
El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump aprovechó su participación en Davos para insistir en la adquisición de Groenlandia sin uso de la fuerza, con el objetivo de fortalecer su seguridad nacional e internacional.
De manera controversial a lo que dictan los cánones de la actuación diplomática, hizo clara su pretensión de imponer la prevalencia de Estados Unidos sobre cualquiera de las decisiones colegiadas internacionales.
En respuesta, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, declaró que es preferible el Estado de derecho a la brutalidad, y que no debe de permitirse que el miedo dicte la arquitectura global.
Agregó que la Unión Europea no se dejará arrastrar por una retórica que ignora el consenso científico en el clima o la validez de los tratados internacionales. Y remató: “La ley del más fuerte no es una ley, es una tragedia”.
Por su parte, el primer ministro de Canadá, Mark Carney expresó que en la actualidad se debe de hablar no de una transición del orden mundial, sino una ruptura; en donde la geopolítica entre las grandes potencias no tiene freno.
Carney acusó que las potencias están usando la integración económica como arma; las tarifas como palancas, la infraestructura financiera como coerción, las cadenas de proveeduría como vulnerabilidades a ser explotadas.
Hay que enfrentar al mundo como es, no esperamos al mundo tal como quisiéramos que fuera. Y el mensaje cifrado: “En un periodo en el que los más poderosos persiguen sus intereses usando la integración económica como un arma de coerción, hay que construir coaliciones que funcionen, asunto por asunto, con socios que compartan terreno común como para actuar juntos”.
Nuestro otro socio comercial —en vísperas de la renegociación del Tratado de Libre Comercio— declaró que el orden internacional basado en la creación de reglas e instituciones está siendo destruido; y que hay que conformar uno nuevo basado en el pragmatismo y la defensa de principios, frente a los socios que no comparten los valores.
Un mal presagio para México, las posiciones enfrentadas de sus dos socios estratégicos.
Como Corolario, las palabras del propio Mark Carney: “Las naciones medias deben actuar juntas. Porque si no estás en la mesa, estás en el menú”.
