Reúso directo del agua residual potabilizada: no nos quedará de otra

Después de tres años de sequía, ya no es noticia la problemática de la falta de precipitaciones en el territorio nacional. Acaba de pasar el mes de septiembre, supuestamente el más lluvioso del año, cuando la temporada de lluvias está por concluir y los datos ...

Después de tres años de sequía, ya no es noticia la problemática de la falta de precipitaciones en el territorio nacional. Acaba de pasar el mes de septiembre, supuestamente el más lluvioso del año, cuando la temporada de lluvias está por concluir y los datos oficiales del Servicio Meteorológico Nacional al cierre del mes no pueden ser menos alarmantes: 89% del país se encuentra bajo la categoría de anormalmente seco y dentro de esta cifra 56% está bajo sequía considerada como severa y 32% con sequía extrema (!!!). Esto nos obliga a reflexionar sobre dos aspectos, ¿qué podemos hacer en el corto plazo y cuáles son las soluciones por desarrollar para el largo plazo?

En el corto plazo el tema está complicado. De ningún modo podemos aparecer como acto de magia la infraestructura que no construimos o rehabilitamos oportunamente. No nos queda más que enfrentar la escasez con la única medida posible: bajarle a nuestro consumo, lo que implica para el sector agrícola el disminuir las áreas de cultivo y buscar mejorar los procedimientos de riego para que sean más eficientes. En el caso del público-urbano, se tendrá que recurrir a tandeos y a invitar a la población a moderar su consumo de agua, así como implementar acciones para reparar fugas a la mayor brevedad.

Lo deseable sería el construir infraestructura hídrica que permita resolver la situación, pero como ya lo hemos comentado, no sólo se trata de ponerle recursos, sino también del tiempo para planear, proyectar y ejecutar las acciones, y en el corto plazo, no se puede ejecutar nada que sea significativo para enfrentar la situación.

Para el largo plazo, lo que deberíamos tener claro es que ya estiramos la liga al máximo. La combinación de escasos presupuestos para el agua en las últimas décadas, junto con un crecimiento que ha duplicado la población en tan sólo 45 años (en 1978 se contaba con 64 millones de habitantes, mientras que en 2023 alcanzamos la cifra de 126 millones), nos lleva a concluir que el problema que actualmente vivimos no es de coyuntura, sino el inicio de una problemática creciente que debemos resolver, agravada, por supuesto, por el cambio climático.

En el caso de la agricultura, lo más importante que podemos desarrollar es la eficientización del campo, invirtiendo en sistemas de riego por goteo y por aspersión, en el revestimiento de canales, en prácticas de agricultura regenerativa para mejorar la capacidad de retención de agua, en seleccionar cultivos que demanden menos agua y aplicar tecnologías para monitorear la humedad del suelo, entre otras.

En cuanto al agua potable, con un territorio que en sus dos terceras partes es seco –el centro y norte del país–, donde además se asienta 77% de la población, el problema principal para resolver el desabasto y para avanzar hacia la sustentabilidad de los servicios se requiere incorporar nuevas fuentes de abastecimiento, las cuales se encuentran lejanas y para llevar agua a los centros de población se involucran altos costos y, en muchas ocasiones, problemas sociales prácticamente irresolubles.

Bajo este panorama, hay pocas dudas de que la solución al abastecimiento de muchas de nuestras ciudades será la reutilización, al máximo, de las aguas residuales; primero buscando intercambiarlas por agua potable que se usa en la agricultura, lo que tiene su límite, porque, aunque parezca evidente, tiene su complejidad técnica, de costos económicos y sociales.

El resto del agua residual tendrá que utilizarse para fines de abastecimiento público, un real reciclamiento del agua. Existe la tecnología para potabilizarla al ciento por ciento, pero se tiene un freno normativo, político y psicológico. Abundaremos sobre este tema, pero al parecer, no nos va a quedar de otra.

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