Pues sí nos llovió algo en 2022, pero… (II)

La información no indica ninguna mejoría.

Aunque nos llovió algo a finales de 2022, no fue suficiente para recuperarnos a condiciones, cuando menos, normales. Los datos oficiales del Servicio Meteorológico Nacional de la Conagua reportaban para el 15 de diciembre pasado un muy alto 34% del territorio nacional con sequía severa y en la columna anterior destacamos que las presas Cerro Prieto, La Boca y El Cuchillo, principales fuentes de abasto de la ciudad de Monterrey, tenían un volumen almacenado 10% menor aun que en enero de 2022, similar al caso del Sistema Cutzamala que abastece al Valle de México, donde las presas almacenaron 66 millones de metros cúbicos menos.

La información para el 15 de enero de este año no indica ninguna mejoría: el 35.3% del país está en condiciones de sequía severa y un 5.5% en sequía extrema o excepcional, lo que está motivando a la Conagua a publicar, por tercer año consecutivo, una declaración de emergencia por sequía, lo que, entre otras cosas, permite la cesión temporal de derechos para el uso o explotación de las aguas nacionales, desde los sectores agrícolas e industriales, para apoyar el abastecimiento público-urbano.

Aunque las sequías son un fenómeno cíclico que afecta principalmente al centro y norte del territorio mexicano, lo preocupante es su cada vez mayor presencia e intensidad, lo cual se refleja también en un notorio incremento en las temperaturas —de más de 2 °C en las zonas afectadas— más allá de la inmediata afectación a la calidad de vida de las personas, por una menor disponibilidad de agua en las ciudades.

Esta mayor frecuencia y presencia de las sequías va generando problemas adversos, como es la disminución de la capacidad de las fuentes de abastecimiento superficiales: ríos, lagunas, arroyos y presas. En este renglón se ha observado una sostenida disminución del almacenamiento de agua en las presas para uso agrícola, pasando de un 50% de su capacidad a mediados del año 2015 a un 35% para mediados del año 2022 y, además, habría que analizar lo que pasa con las capacidades de los acuíferos bajo un escenario de sequías recurrentes.

Pero dichas sequías generan otros efectos también adversos, como la erosión, degradación y desertificación de los suelos, que no se recuperan tan fácilmente cuando vuelve a llover. Además de la pérdida forestal por la falta de agua para las plantas y árboles, hay un incremento en los incendios forestales.

También se ve impactada la productividad, evidentemente, en el sector agropecuario, que tiene una relación muy directa con la disponibilidad de agua. En el caso de las ciudades, se ha detectado un incremento en el número de municipios afectados por la sequía y se trata, precisamente, en la mayoría de los casos, de los municipios ubicados en las zonas con mayor aportación al PIB, donde el sector de manufacturas se ve perjudicado por las medidas de recortes en el suministro, lo que incide negativamente en su actividad económica.

Como alguna vez me comentó un experto en materia de cambio climático: las variaciones en el clima son, efectivamente, cíclicas, el problema es cuando en estas variaciones se puede determinar una tendencia… como es el caso, cada vez más frecuente, de las sequías. Se trata de un problema creciente para el que deberíamos diseñar e implementar un plan a corto, mediano y largo plazos. Una declaración de emergencia ayuda en mucho para atender el corto plazo… pero necesitamos acciones para la atención de los mediano y largo plazos.

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