¿Plaga o recurso? El problema del sargazo en el Caribe mexicano (II)
En el artículo anterior, señalamos que el volumen de sargazo en las aguas del Atlántico y el Caribe ha crecido de forma exponencial en los últimos años, impulsado por el cambio climático y el aumento de la contaminación. No se trata de un fenómeno menor: las manchas ...
En el artículo anterior, señalamos que el volumen de sargazo en las aguas del Atlántico y el Caribe ha crecido de forma exponencial en los últimos años, impulsado por el cambio climático y el aumento de la contaminación. No se trata de un fenómeno menor: las manchas flotantes de esta macroalga en superan los 50 millones de toneladas y afectan a 19 países. En México, destinos turísticos del sureste han visto seriamente comprometida su actividad económica, con pérdidas millonarias para los sectores pesquero, hotelero y restaurantero.
Se estima que, para este 2025, han arribado al Caribe mexicano alrededor de 100 mil toneladas. A los gastos asumidos por los gobiernos federal, estatal y municipal, se suma la inversión directa de la industria hotelera de Quintana Roo —con más de mil hoteles afectados entre Cancún y Mahahual— que ha destinado 150 millones de dólares a labores de limpieza, transporte y disposición de esta biomasa. Algunas estimaciones advierten que el problema podría representar una caída de hasta 11.6 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) local.
El impacto en la salud pública también es motivo de creciente preocupación. Los gases emitidos por el sargazo en descomposición —principalmente ácido sulfhídrico— provocan irritación ocular, afecciones respiratorias y cefaleas frecuentes entre pescadores, trabajadores turísticos y habitantes de las zonas costeras.
A ello se suma un riesgo aún más grave: la contaminación del acuífero subterráneo de Quintana Roo, considerado uno de los más frágiles del país. Se trata de un acuífero kárstico altamente poroso, formado por rocas calcáreas de origen marino, que abastece de agua potable a millones de personas. Este tipo de suelo permite la infiltración del agua, que al circular disuelve la roca y genera oquedades. Con el tiempo, éstas se amplían hasta convertirse en cavernas. Cuando están próximas a la superficie, sus techos pueden colapsar, formando sumideros o cenotes. Además de su belleza natural y valor turístico, estos cuerpos de agua poseen un notable interés cultural y antropológico. De hecho, los sistemas de cavernas de Quintana Roo albergan los ríos subterráneos más extensos del mundo, según diversos estudios espeleológicos.
Debido a la escasez de corrientes superficiales, la dureza del terreno y su alta permeabilidad, gran parte de la región carece de sistemas adecuados para el manejo de aguas residuales. Muchas comunidades, incluida la ciudad de Mérida, no cuentan con redes de alcantarillado, por lo que dependen de fosas sépticas y rellenos sanitarios, en su mayoría poco tecnificados, que permiten la infiltración directa de contaminantes al subsuelo.
A nivel regional, el flujo subterráneo sigue un patrón radial: el agua se desplaza desde el centro de la península hacia la costa. Como resultado, gran parte de la carga contaminante es arrastrada hacia el mar por los ríos subterráneos, especialmente durante fenómenos meteorológicos extremos, como los huracanes, que generan verdaderas avenidas subterráneas con efectos severos sobre los ecosistemas costeros.
En este contexto, la acumulación y disposición del sargazo representa una amenaza adicional para el acuífero. Aunque se han implementado diversas estrategias para frenar su arribo a las playas, la solución más común sigue siendo su traslado a puntos alejados tierra adentro. Sin embargo, estas prácticas no garantizan una disposición segura: durante su descomposición, el sargazo libera lixiviados que se infiltran en el subsuelo, contaminando el acuífero y, eventualmente, afectando tanto a pozos de captación como a ecosistemas marinos.
Abordar eficazmente este problema implica realizar estudios específicos que determinen las zonas más aptas y las tecnologías más seguras para la disposición del sargazo. Pero también demanda voluntad política y una colaboración internacional sostenida, en un marco de corresponsabilidad regional. Sobre estas rutas de acción profundizaremos en la siguiente entrega.
