Visto a mayor profundidad, el tema de la reducción de nuestra huella hídrica es realmente complejo. Podríamos separarlo en tres facetas. La primera sería el cuidado del agua para proteger la sustentabilidad en nuestra ciudad; lo que tendríamos que hacer los habitantes de cada población para lograr servicios hídricos de calidad y a largo plazo. Una segunda faceta es el cuidar el agua en nuestro país; el cómo podríamos reducir la huella hídrica que abarca nuestro consumo de agua de manera directa y la que consumimos de manera indirecta (que se encuentra de forma invisible en los productos y servicios que a diario utilizamos). La tercera sería el cómo podemos contribuir al cuidado del agua y la sustentabilidad del planeta.
El disminuir el consumo de agua en nuestra ciudad es donde debemos empezar, incluso por conveniencia propia. Una realidad es que el servicio de agua no es sustentable en la mayoría de las ciudades mexicanas y eso, más tarde en algunas y más temprano en otras, va a pasar la factura. Desde ya necesitamos extremar las medidas de su cuidado y manejo eficiente, eliminando fugas en las redes de distribución y en nuestras casas, utilizando accesorios ahorradores, abriendo lo mínimo necesario a las llaves, reutilizándola, etcétera. Algo sobre lo que deberíamos reflexionar es cuál es la herencia que estamos dejando para las siguientes generaciones, ya que hemos sido realmente indolentes en darle adecuada atención a este tema prioritario.
Con lo anterior estaríamos solventando un primer aspecto de la huella hídrica, nuestro consumo directo. En el consumo indirecto se involucra en gran parte el agua que importamos de otras cuencas por medio de alimentos, productos y servicios. Aquí se trataría de no sólo cuidar la sustentabilidad de nuestra ciudad, sino incluso de nuestro país. ¿De dónde vienen los productos que consumimos y cuánta agua requirieron? Lo primero es tener claro que los productos de origen vegetal tienden a tener una huella hídrica menor que los productos de origen animal debido a que los animales necesitan agua para su alimentación y para mantenerse, por lo que es recomendable disminuir nuestro consumo de carne. De igual manera, algunos alimentos como el arroz, el algodón, el maíz, la caña de azúcar y el aguacate también son grandes consumidores de agua, mientras que los tomates, la lechuga, las fresas, el brócoli y el trigo requieren de menos agua.
Ahora bien, partiendo de que vamos a consumir determinado producto, el origen de éste es muy importante en materia de sustentabilidad. Es necesario tomar en consideración que no tiene el mismo impacto en los ecosistemas y en el uso del agua, por ejemplo, el producir ganado vacuno en el norte del país que, como sabemos, es árido, que en el sureste, donde llueve mucho más. Y aquí es donde nos encontramos algunas incongruencias que no deberían permitirse; tal es el caso del norte del país, donde se presenta un serio problema al permitir que se cultiven nueces (que consumen 9,000 litros de agua por cada kilogramo), en una región donde la presión del recurso agua se tiene no sólo con los estados fronterizos, sino incluso en el ámbito del tratado internacional con Estados Unidos; otro caso es el de los cultivos, como el regar alfalfa —que requiere de 3,000 litros de agua por cada kilo—, en el propio Valle de México, donde el agua es un recurso escaso y se está generando una muy severa sobreexplotación del acuífero.
- El que no exista un cobro federal a la agricultura por el uso del agua (a diferencia del cobro que sí se realiza a los usos público-urbano e industrial), es un factor que distorsiona en mucho, ya que para un agricultor que no paga, por mucha agua que utilice o desperdicie, y que además tiene tarifa de energía eléctrica subsidiada, no existe un interés económico por su cuidado, por lo que mejorar las políticas públicas y una adecuada reglamentación nacional en la materia se vuelven cada vez más necesarias.
