La Zona Metropolitana del Valle de México, con 21.5 millones de habitantes, se ubica entre las 11 concentraciones poblacionales más grandes del mundo. En ese grupo destacan Yakarta, en Indonesia, con 41.9 millones de habitantes; Daca, en Bangladesh, con 36.5 millones; Tokio, en Japón, con 33.4 millones; Nueva Delhi, en India, con 30.2 millones; Shanghái, en China, con 29.6 millones, y Manila, en Filipinas, con 24.7 millones.
Al revisar datos relevantes de estas megaurbes, hay uno que sobresale por sus implicaciones: la altura sobre el nivel del mar. Mientras que el promedio de nueve de ellas es de apenas 18 metros, Nueva Delhi se localiza a 216 metros y la Ciudad de México a 2,240 metros sobre el nivel del mar.
Este dato es crucial porque, para fines de abastecimiento, revela de inmediato una dificultad estructural: cuanto más alta se encuentra una ciudad, menor es la zona tributaria que le permite captar agua de lluvia para alimentar ríos, presas y acuíferos. Un ejemplo ayuda a dimensionarlo: si la Ciudad de México estuviera cerca de los límites de Michoacán y Guerrero, donde desemboca el río Balsas, podría abastecerse de una cuenca de 117,406 km²; en cambio, la cuenca del Valle de México tiene 9,674 km², doce veces menos.
Así, el abastecimiento de agua para la megaurbe mexicana ha sido un reto que se ha tenido que enfrentar durante siglos. Desde la construcción del primer acueducto para traer agua del manantial de Chapultepec, hasta la obra mayor que representa el Sistema Cutzamala, esta ciudad sedienta aún no tiene resuelto un suministro verdaderamente confiable y sostenible.
La ubicación de la ciudad en el centro del país tampoco facilita soluciones de gran escala, como conducir agua desde grandes ríos como el Papaloapan, Grijalva, Balsas o Pánuco, o incluso recurrir a la desalación de agua de mar. Las distancias de cientos de kilómetros y los bombeos de miles de metros vuelven esas alternativas financieramente inviables para su construcción y, además, con costos operativos elevadísimos.
Pero la desventaja no se limita al abasto. También pesa de manera significativa el drenaje. La Zona Metropolitana del Valle de México se asienta en una cuenca endorreica, sin salidas naturales. Mientras que en la mayoría de las ciudades los ríos funcionan como desahogo y “sacan” el agua, aquí ocurre lo contrario: los ríos tienden a buscar crear de nuevo el antiguo lago de Texcoco.
Así es como en el Valle de México se encuentra la única megaurbe del mundo con vocación natural de inundarse, y es precisamente en este punto donde la lucha contra la naturaleza ha sido constante durante centurias: desde la fundación de Tenochtitlán en medio del lago en 1325, el inicio del albarradón de Nezahualcóyotl en 1449, hasta la inauguración del Túnel Emisor Oriente en 2019. Los esfuerzos para evitar las inundaciones de la ciudad y por crear salidas artificiales para el agua en esta cuenca han sido múltiples e interminables.
La Ciudad de México padece muchos problemas asociados a su altísima concentración de habitantes: vialidades saturadas y un tráfico extenuante. Pero es también una urbe histórica, rica en monumentos y patrimonio, con arquitectura, oferta cultural y gastronomía que la convierten en un destino excepcional, siempre vibrante y con una identidad inconfundible. Lo que suele pasar inadvertido, y de lo que pocos tienen plena conciencia, es que dotar de agua y drenaje de forma segura y sustentable a la Zona Metropolitana del Valle de México es, sin duda, uno de los problemas más complejos y urgentes por resolver a escala mundial.
