Benditos huracanes (II)

Necesitamos tres o cuatro ciclones para tener agua suficiente para fines de abastecimiento público–urbano, a las industrias, a la agricultura...

En el pasado espacio de esta columna comentamos que, en una evaluación, los huracanes nos aportan mucho más beneficios que los daños que llegan a generar. Como todo, habría que moderar esta afirmación. Podríamos tomar como ejemplo el huracán Beryl que acaba de cruzar la península de Yucatán, donde los beneficios son mucho menores cuando un huracán cruza por una zona donde se tiene agua, como es ahí, a diferencia de que pase por el centro-norte del país, donde se requiere urgentemente de lluvias importantes.

Los fenómenos climatológicos denominados ciclones tropicales se clasifican en, principalmente, tres categorías. Se designan como depresión tropical cuando sus vientos tienen una velocidad menor a los 63 km/h; pasan a tormentas tropicales cuando alcanzan hasta los 118 km/h, y se convierten en huracanes cuando la velocidad de sus vientos es mayor a 118. De ahí se desprenden cinco categorías de huracanes: categoría 1, hasta los 152 km/h; 2, hasta 177 km/h; 3, hasta 208 km/h; 4, hasta 251 km/h, y los huracanes categoría 5 son los que tienen vientos que superan los 252 km/h, una velocidad impresionante, de enorme poder destructivo y con capacidad de penetrar cientos de kilómetros tierra adentro.

Los ciclones tropicales reciben su nombre por parte de la Organización Meteorológica Mundial cuando alcanzan la categoría de tormenta tropical y esto sirve para facilitar la comunicación y la rápida identificación durante su seguimiento y pronóstico. Por ejemplo, para este año se tienen pronosticados para el golfo de México 25 ciclones con nombre. El asunto es que no se puede saber la trayectoria que tomarán estos fenómenos en caso de que se presenten. Esto lo podemos ver en el caso del pasado huracán Beryl, donde los pronósticos indicaban que, pasando por Yucatán, su más probable trayectoria era que volviese a impactar a México entrando por el estado de Tamaulipas, lo que no sucedió, ya que tomó una dirección hacia el norte, entrando a Estados Unidos por Texas y Luisiana.

Esa trayectoria caprichosa de los ciclones tropicales es precisamente lo que genera incertidumbre sobre cuántos de ellos podrían impactar el país. Necesitamos tres o cuatro de ellos para tener agua suficiente para fines de abastecimiento público–urbano, a las industrias, a la agricultura y para generar energía eléctrica, donde lo más importante es en qué zona impactan. Veámoslo de la siguiente forma: si no entra ningún ciclón al país, las lluvias que se llegan a generar pueden bajar temperaturas, generar algo de humedad a la vegetación y darnos poca agua, un máximo del 40% del promedio histórico y, eso, en las zonas costeras del país. El sureste no tiene un problema mayor en materia de contar con suficiente agua, pero si hablamos del centro-norte: Chihuahua, Durango, San Luis Potosí, Guanajuato, Zacatecas, Aguascalientes, Estado de México… sólo llueve de manera significativa cuando la fuerza de un ciclón tropical penetra al territorio. Sin ellos, el agua que se precipitaría no alcanzaría ni el 30% del promedio, totalmente insuficiente para atender las necesidades.

Esta obligada presencia de los ciclones tropicales para podernos abastecer la podemos confirmar simplemente analizando los almacenamientos de las presas del Sistema Cutzamala, que del pasado 11 de junio al día de ayer, 11 de julio, después de un mes completo de supuesta plena temporada de lluvias, pasamos de un almacenamiento de 209.7 millones de metros cúbicos (Mm3) a 220.8 Mm3, que significa del 28% al 29% de su capacidad, o sea, ninguna mejora.

Esperamos que en este 2024 se presenten lluvias abundantes que dependen, como ya lo comentamos, principalmente de los ciclones tropicales que lleguen al país. El fenómeno de La Niña, pronosticado para fines de julio, podrá favorecer una mayor actividad en el Atlántico y en el Golfo de México, pero se mantiene la incertidumbre de los efectos del cambio climático, del cual tenemos una clara evidencia de que ha modificado el comportamiento histórico del clima del planeta.

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