Mi querido viejo: lo ocurrido recientemente con mi (nuestra) universidad me hizo recordar los años inolvidables que vivimos en diferentes épocas en nuestra máxima casa de estudios.
Y la llamo así, máxima casa , porque tú, como yo, como miles y miles de mexicanos debemos mucho de lo que hicimos en nuestra vida a lo que aprendimos, vivimos, celebramos y logramos gracias a la Universidad Nacional Autónoma de México.
Yo soy hechura de la UNAM; en mi adolescencia, al terminar la preparatoria, hice mi examen de admisión y orgulloso entré a la Facultad de Medicina.
Ahí cambió mi vida: la imagen del mundo se amplió y tuvo dimensiones universales, de la mano de mis maestros aprendí muchas cosas, su ciencia, su enseñanza, pero sobre todo su ética –una ética sin adjetivos–, que modeló mi vida, como hizo con cientos o miles de compañeros.
Querido viejo, seguramente tienes recuerdo de tus maestros: yo no olvido las lecciones de anatomía del maestro Acosta Vidrio, de psicología de don Ramón de la Fuente, de fisiología de don Alonso de la Florida, de historia con don Francisco Fernández del Castillo; ellos y muchos más, y entre los que destaca en mi vida don Manuel Quijano Narezo, que se convirtió en mi mentor, mi consejero, mi promotor y mi amigo, y gracias a él pude lograr lo que me parecía inalcanzable a lo largo de mi vida; y aún hoy tengo el placer de contar con mi maestro José Narro, cuyas enseñanzas, apoyo y amistad son un tesoro para mí.
Digo esto, querido viejo, porque nuestra universidad tiene miles de historias semejantes, y miles de compatriotas que agradecerán siempre lo que aprendieron en esas aulas inolvidables de la Ciudad Universitaria.
Y lo quiero decir a voz en cuello, porque siento gran pesar al enterarme de los problemas que vive mi UNAM, que afectan y afectarán gravemente no sólo su prestigio, sino su funcionamiento.
Porque, desde siempre, el esfuerzo de los aspirantes los hace someterse a los exámenes de admisión y, cuando lo logran, inician una vida que será muy diferente y de mejor calidad científica y humana.
Pero ahora algo ha estado pasando en la UNAM que ya no es lo que era: desde siempre, el cuidado de la integridad y la ética (sólo interrumpido por el bochornoso caso de la señora Yazmín Esquivel) eran pilares que sostenían su credibilidad.
Desde junio pasado, la UNAM reportó que había bloqueado a poco más de mil aspirantes por encontrar “conductas contrarias a la normatividad”, o sea, encontraron a miles de aspirantes tramposos, y en un comunicado, “la UNAM exhortó a las y los aspirantes a que eviten contratar a personas o empresas que ofrecen servicios fraudulentos para sustentar el examen”.
Pero el daño estaba hecho, no sólo afectó a miles de aspirantes, sino que dañó gravemente a nuestra UNAM.
Por eso, querido viejo, tú que –como yo– viviste, disfrutaste y aprendiste en la UNAM debemos alzar la voz para exigir que se corrija esta gravísima situación para que se haga una investigación exhaustiva y conocer qué ocurrió, quiénes fueron los responsables, y lograr que nuestra UNAM vuelva a ser esa institución ejemplar que formó a miles de ciudadanos libres, instruidos, éticos en toda la extensión de la palabra.
Querido viejo: quienes amamos la ciencia, la técnica y la ética defenderemos una y otra vez a nuestra UNAM, no puede estar en manos incapaces o víctima de delincuentes.
