60 mil personas cruzaron a Ceuta en un solo día. La ciudad tiene 84 mil habitantes. Ese sólo dato basta para entender la magnitud de lo que ocurrió esta semana en el pequeño enclave español pegado a la costa norte de Marruecos: tres cuartas partes de la población local llegando por el agua y por la valla en cuestión de horas. Hubo muertos, cientos de menores no acompañados, imágenes que recorrieron el mundo. Nada de esto es nuevo. Hace cinco años pasó algo parecido, con otro pretexto: entonces Marruecos castigaba a Madrid por haber recibido en un hospital al líder del Frente Polisario, el movimiento independentista del Sáhara Occidental. Hoy la palanca es la reciente visita de Pedro Sánchez a Argelia, el principal rival regional de Marruecos, sumada a las viejas cuentas por ese mismo Sáhara.
Que no se malinterprete lo anterior. La palanca marroquí explica el momento y la coreografía; no explica el fenómeno. Rabat abre y cierra el grifo porque el grifo existe, porque hay decenas de miles de jóvenes marroquíes, subsaharianos, sirios y sudaneses esperando del otro lado con la certeza de que el otro lado es el único lado. Lo que emerge cuando el gobierno alauita relaja los controles no es una operación de inteligencia: es un embalse que se venía llenando en silencio.
Cambió el siglo, cambió la naturaleza del éxodo. Hoy no se migra sólo por hambre. Se migra por sequías, por regímenes que decidieron que la disidencia es delito, por la simple certeza de que quedarse es peor. Nadie deja su casa por gusto. Aquí es donde el episodio trasciende a Ceuta. Marruecos entendió antes que casi nadie que la migración se volvió una moneda geopolítica de primer orden. Turquía la ejerce de manera análoga contra la UE desde hace casi una década, con Erdogan amenazando periódicamente con “abrir las puertas” cuando Bruselas incomoda a Ankara. Bielorrusia la ensayó contra Polonia y sus vecinos bálticos, facilitando visados a migrantes de Oriente Medio y África para trasladarlos después a las fronteras europeas. Rusia lo había hecho antes en su línea con Finlandia. El patrón se llama instrumentalización de flujos migratorios y ya tiene doctrina académica, protocolos y hasta cláusulas jurídicas: la propia UE empezó a calificar esas llegadas como una “amenaza híbrida” a su seguridad. La conclusión práctica es dura: cualquier país en la periferia de un espacio rico descubrió que la migración es un botón que se oprime cuando conviene negociar.
Y esto es también una historia económica. Marruecos recibe fondos considerables de Bruselas para “gestionar” su frontera común. Turquía recibió mucho más para retener a la población siria dentro de sus fronteras. La lógica es la de cualquier concesión rentista: se cobra por prestar un servicio que no se presta del todo, y se le recuerda al comprador que el servicio podría interrumpirse. Europa externalizó el control de sus fronteras a Estados que aprenden que ese control vale más cuando amenaza con desaparecer. En el fondo es una extracción invertida: el sur global sostiene la puerta y el norte paga la nómina para que la puerta no se abra.
Del otro lado, Europa reacciona con reflejos que se le agotaron. Italia coquetea con suspender temporalmente su relación de libre tránsito con España. Francia, Finlandia y Alemania calibran declaraciones. La Casa Blanca de Donald Trump aprovechó para lanzar el reproche que llevaba meses ensayando: Europa, dijo, paga la factura de sus políticas “globalistas de extrema izquierda”. España queda atrapada en la tenaza de siempre: depende de Marruecos para contener la frontera sur, y Marruecos lo sabe. La derecha exige dureza, la ultraderecha capitaliza cada minuto de cámara, y el gobierno tendrá que decidir hasta dónde puede volver a ceder en el Sáhara para reencauzar la cooperación.
México debería estar tomando notas. Somos país de origen, tránsito, destino y retorno, y todavía discutimos si tenemos una política migratoria o una serie de reacciones al humor de la Casa Blanca. Lo que ocurre en Ceuta va a ocurrir con más frecuencia y en más fronteras. El Darién, el Bravo, el Egeo, el Sahel, el estrecho de Malaca. La próxima década va a estar cruzada por gente que se mueve porque no tiene alternativa y por gobiernos que descubrieron que abrir o cerrar la puerta se cotiza en la mesa de negociación. Es un componente ineludible de la geopolítica. Ya llegó, de hecho. Antes en otras aguas. Hoy, la estamos viendo ahogarse en Ceuta.
