El placer de envejecer

Rafael Álvarez Cordero

Rafael Álvarez Cordero

Viejo, mi querido viejo

Mi querido viejo, hoy quiero hablar del placer que tú y yo debemos vivir en esta época de nuestra vida, tenemos fuerza moral y el cerebro alerta para decidir qué queremos; afortunadamente, muchos de nosotros envejecemos con tranquilidad y alegría. 

Pero tú también sabes que, a veces, la vejez se acompaña de situaciones indeseables: podemos sufrir maltrato físico, emocional, sexual o económico; de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS) uno de cada seis viejos de 60 años han sufrido algún tipo de maltrato; en México, 32.1% de ellos lo sufren.

Pero lo más triste, querido viejo, es que quienes son maltratados pueden presentar confusión, insomnio, agitación, agresividad, pérdida de peso, moretones, cicatrices o quemaduras, higiene deficiente y desarrollo de úlceras, y esto tiene un impacto negativo en su salud física y mental.

Al realizar sus actividades cotidianas como comer, bañarse o vestirse, los adultos mayores dependientes, incluyendo aquellas personas que muestran fragilidad, marcha lenta o pérdida de peso, son vulnerables a recibir algún tipo de maltrato por parte de su cuidador o cuidadora. De ahí que sea relevante que todos los miembros de una familia colaboren; cuanto más ayuda se reciba, menos posibilidades hay de que se produzca maltrato.

Envejecer debe ser un placer, y por eso te copio un texto que recibí sin saber quién lo envió, pero es justo lo que necesitamos para lograr lo que otros queridos viejos no han podido lograr; espero que te guste.

PENSAMIENTOS SOBRE EL PLACER DE ENVEJECER

Existe una etapa en la vida en la que el espejo empieza a tratarnos con una sinceridad casi ofensiva.

El cabello se retira discretamente, las rodillas emiten boletines sonoros y levantarse de la silla viene acompañado de un “¡opa!” involuntario.

Pero hay una belleza secreta en todo esto. Mientras el cuerpo negocia sus límites con el tiempo, el alma empieza a hacerse más grande, más generosa, más paciente.

Llega una edad en la que ya no necesitamos ganar discusiones inútiles ni competir por importancia. Aprendemos que ciertos trofeos pesan más de lo que valen.

Entonces cambiamos la prisa por la paciencia, el café deja de ser una bebida y se vuelve ceremonia.

Las amistades antiguas adquieren un brillo especial, porque sobrevivieron a las décadas y a la terquedad.

Y el amor… ya no necesita incendiar el mundo, le basta con calentar el corazón, con un simple mensaje que dice “¿estás bien?” te ilumina el día entero.

Pero hay algo profundamente épico en seguir viviendo con ternura a pesar de todo. En seguir organizando encuentros, riéndonos de las mismas historias, insistiendo en amar la vida.

La felicidad no es una meta. Es ese instante que late, la charla eterna tras el almuerzo, la llamada que sorprende, el abrazo que se queda, el amigo que aún te llama por tu apodo y esa silla que siempre te espera.

Porque envejecer no es desaparecer, es disminuir el ruido exterior para escuchar lo esencial.

Al final, la gran victoria de la madurez es aprender que la vida ya no necesita correr.

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